Varios son los agentes responsables de la educación de los infantes: la familia, la escuela, los iguales, los medios de comunicación, la comunidad con sus valores éticos y/o religiosos. En su conjunto todos ellos alimentan el desarrollo físico, ético-moral y psicológico necesario para una socialización afectiva y efectiva.

Por ello, entendemos la educabilidad como el proceso por el cual un niño puede desarrollarse de forma saludable al amparo de los agentes socializadores mencionados. Todo niño es educable pues puede aprehender los conceptos básicos para vivir en sociedad y así transitar de individuo a ciudadano.

Dentro de los agentes socializadores dos son los grandes precursores de esta educabilidad: familia y escuela.

La familia porta la seguridad económica y afectiva para un desarrollo cognitivo, ético-social y emocional adecuado. Es la primera responsable, pero para que esta responsabilidad pueda ejercerse de manera efectiva, la familia necesita del apoyo comunitario y estatal. En un mundo tan atomizado e individualista donde las condiciones laborales son precarias y cambiantes, donde las instituciones que han de protegerlas, menguan, muchas familias se encuentran muy solas para conseguir los recursos y apoyos necesarios para la socialización y el bienestar de sus hijos. Por ello, familia y Estado son corresponsables de la posibilidad de educabilidad de los pequeños. Y es a través de la educación, entre otros factores de protección social, como un Estado contribuye a dicha educabilidad.

¿Qué tipo de educación necesitan nuestros infantes y adolescentes? ¿Qué tipo de persona queremos construir para nuestras sociedades? ¿Cuáles el fin último de la escuela?

En la actualidad nos enfrentamos a dos visiones o finalidades de la escuela que cada vez se están dicotomizando más. Podemos entender la escuela como formadora de futuros trabajadores o como formadora de futuros ciudadanos. Si concebimos que ambas sean importantes para la sociedad ¿por qué se están dicotomizando y se pretende privilegiar una sobre otra?

Desde los años 80 hasta la actualidad, la visión de la escuela como lugar para formar futuros trabajadores ha ido ganando la partida sobre formar ciudadanos que sean valiosos para la vida democrática. Conceptos como competencias básicas o clave, emprendimiento, innovación, calidad educativa vista desde la eficacia y eficiencia gestora, coaching, educación emocional, forman ya parte de lo que entendemos por educación. Conceptos que vienen, en su mayoría, del mundo de la empresa y que han calado hondo en el sistema y agentes educativos (profesorado, alumnado y familias). Va quedando en segundo plano toda aquella formación que no tiene una utilidad a corto plazo, o es un fin en sí misma, como la filosofía, la ética y en la actualidad hasta los conocimientos científicos, vistos ahora como cambiantes y que no requieren de aprendizaje pues se vuelven inútiles vertiginosamente.

Ante esta situación de desequilibrio hacia la mercantilización, no nos queda otra que volver a reivindicar la escuela como portadora de conocimientos científicos y de éticas universales, necesaria para formar futuros ciudadanos que sean críticos y garantes de actitudes democráticas. Promover que los alumnos se integren en el mercado laboral no es suficiente si estos antes no son educados para la democracia, sobre todo si deseamos que nuestra sociedad la formen ciudadanos y no meros individuos.