U ordenas la habitación o un día de estos te tiro a la basura todo lo que esté desordenado!- gritaba mi madre. 

Me había levantado hacía apenas cinco minutos y mi madre no paraba de insistir con su famosa canción «Ordena la habitación». Yo la escuchaba desde la cocina mientras terminaba de desayunar, y no pude evitar sonreír porque me vino a la cabeza la mejor respuesta que podía darle:

-¡Mamá, si quieres, la ordeno ahora! -salté.

Ella no dijo nada, claro. Los dos sabíamos que ya no quedaba tiempo porque tenía que irme a la escuela.

-La ordenaré cuando vuelva de clase -le aseguré mientras la oía refunfuñar.

La verdad es que aquella manía de mi madre con el orden no tenía ninguna explicación, porque en realidad mi habitación tampoco estaba tan desordenada, o por lo menos eso es lo que a mí me parecía.

El día había empezado a gritos y no es que continuara mucho mejor. En cuanto llegué a la escuela me di cuenta de que todos mis compañeros iban de un lado para otro con unas carpetas azules.

Al final Lidia me explicó que teníamos que entregar todas las redacciones que habíamos escrito durante aquel trimestre. Pero… ¿cuándo lo habían dicho? ¿Y por qué yo no lo sabía? Siempre me pasan este tipo de cosas. Y a Lidia, que siempre lo hacía todo bien y en el momento oportuno, le parecía divertido.

Tengo que reconocer que lo peor de Lidia no es que fuera tan repelente y que le gustara que a los demás, y en especial a mí, las cosas nos fueran mal. Lo peor de Lidia es que era mi vecina, y no solo vivíamos en el mismo edificio, también vivíamos en el mismo rellano de la escalera. Y era terrible, porque cada vez que Lidia se encontraba con mi madre le contaba las cosas que yo no había hecho y debería haber hecho o las cosas que había hecho y no debería haber hecho.

¡Menudo día! Primero mi madre con su cancioncilla de ordenar la habitación, y luego Lidia con sus redacciones. Pero la cosa aún no había terminado. Dos minutos después, Emma, la bibliotecaria de la escuela, se presentó en clase y, antes de que abriera la boca, ya supe que venía por mí.

El día anterior estuve jugando al escondite durante la hora del patio y me metí en la biblioteca. Cuando mis compañeros fueron a ver si me encontraban, salí corriendo para que no me vieran y sin querer, tiré al suelo unos cuantos libros. Pensé que más tarde ya pasaría por la biblioteca para recogerlos, pero no lo hice. No me acordé.

Sí, tal como me temía, Emma me obligó a acompañarla a la biblioteca. Una vez allí, me extrañó bastante no verlo todo desordenado. Creí que ella quería que recogiera los libros, pero su mente perversa había pensado en un castigo peor.

Mi trabajo consistía en llenar un montón de cajas de libros. Después tenía que dejarlas ordenadas y apiladas al lado de la puerta. ¡Realmente me pareció muy injusto!

Estuve trabajando un buen rato en el almacén. ¿Sabéis lo que puede llegar a pesar una caja llena de libros? Y no fue una, no. Fueron dos, tres, cuatro, cinco… Y cuando ya había llenado la sexta lo vi allí. Era un muñeco de color anaranjado, no demasiado grande. Estaba cubierto de polvo pera era gracioso. Tenía la boca y los ojos muy grandes. Según cómo, a cuatro patas, `podría haber pasado por un perro o un gato, pero tal como estaba colocado parecía más bien un pequeño yeti divertido o… o un monstruo.

Un buen rato más tarde, cuando tuve todas las cajas apiladas, llamé a Emma, quien, todo hay que decirlo, quedó muy contenta con mi trabajo, y le pregunté de quién era aquel muñeco de color naranja.

A los cinco minutos ya estaba otra vez en clase, pero tuve que esperar a que mis compañeros regresaran del patio. Aproveché para dejar el muñeco dentro de mi mochila. NO tenía ganas de que todo el mundo me preguntara de dónde lo había sacado.

Estaba contento porque era viernes y me esperaban dos días de tranquilidad total. Creía que las desgracias se habían terminado, pero me equivocaba. Ya estaba a punto de salir de clase cuando fui interceptado, junto antes de llegar a la puerta.