20 de octubre de 2020
20.10.2020
La Opinión de Murcia
A leer

El bosque tropical

20.10.2020 | 08:11
El bosque tropical
  • Tomado de: El viaje de la evolución (El joven Darwin)
  • Autor: Vicente Muñoz Puelles.
  • Ilustrador: Federico Delicado.
  • Editorial: ANAYA

¡Tierra a la vista! –oí gritar.

Pese al mareo, subí por la escotilla y me quedé mirando una montaña que surgía a lo lejos.

Era el Teide. Años antes, en Cambridge, la lectura de un libro del explorador alemán Alexander von Humboldt me había hecho soñar con visitar Tenerife. Ahora estaba a punto de conseguirlo. Pero cuando, una hora después, entramos en el Puerto de Santa Cruz, los ocupantes de una barcaza nos informaron de que una epidemia de cólera asolaba la isla. Fue una amarga desilusión. Subimos el ancla, que acabábamos de echar, y reanudamos la travesía. El pico del Teide, coronado de nieve, parecía más inaccesible a medida que nos alejábamos.

Al sur de las Canarias, el mar se calmó un poco, y pude empezar mi trabajo de campo. Me había fabricado con estameña una red de algo más de un metro, sujeta a un arco semicircular. La coloqué en la popa, y al remolcarla conseguí atrapar infinidad de peces minúsculos y otros organismos de vivos colores. Viéndolos brillar y consumirse en cubierta, me intrigó que hubiera tantas formas distintas y que existiese tanta belleza, sin propósito ni utilidad aparentes.

Echamos el ancla en Santiago, una de las islas de Cabo Verde, y por primera vez exploré una isla volcánica. Bajo un sol deslumbrante cantaban pájaros desconocidos, y nuevos insectos revoloteaban alrededor de flores nunca vistas.

Si ahora volviese a Santiago, cosa que no haré, encontraría sin vacilar un pequeño acantilado, coronado por una franja blanca de piedra caliza. Allí, incrustadas en la piedra, había miles de conchas marinas, como las que yacían en la playa.
Todo me hacía pensar en Lyell, y en su teoría de los cambios geológicos.

Aquella franja incrustada de conchas había formado parte, en tiempos muy remotos, del fondo del océano. En algún momento, la lava derretida del volcán se había deslizado hasta el fondo y lo había cubierto, dando mayor consistencia a las conchas. Finalmente, alguna fuerza había levantado el nivel de la costa, dejando las conchas petrificadas en lo alto del acantilado.

Sentí tal emoción al leer todo aquello en la pared de piedra, como en un libro, que pensé incluso en hacerme geólogo. Quién sabe cómo habría reaccionado mi padre al enterarse.

Zarpamos de Cabo Verde, donde habíamos permanecido tres semanas, y nos lanzamos a la inmensidad del mar. El Beagle parecía hecho para aquellas aguas, sobre las que se deslizaba como un albatros de alas gigantescas.

Cierta noche, estaba acodado en el borde, bajo el esplendoroso cielo tropical, cuando Fitzroy se me acercó.

–Me veo obligado a felicitarle -me dijo, ceremoniosamente.

–Gracias, capitán. Pero ¿por qué?

–He visto que usted ya no se mareal

Era cierto. Me había acostumbrado a tener un suelo movedizo bajo mis pies, o quizá, simplemente, estaba tan ocupado, ordenando e intentando clasificar las criaturas que caían en mis redes, que había dejado de pensar en el mareo.

Mi relación con Fitzroy pasaba por muchos altibajos. Seguía tratándome con la habitual cortesía, pero al fin y a la cabo era el capitán, y no podía hablarle con familiaridad, como a cualquier otra persona, sin que se irritase y me lo hiciera notar de algún modo. Solía encontrarse de peor humor a principio de la mañana, cuando inspeccionaba el barco. Con su ojo de águila era capaz de detectar la menor imperfección, y de inmediato descargaba su ira. A veces, su comportamiento parecía bordear la locura. En una ocasión, tropezó con un marinero y lo mandó azotar en cubierta.

Tampoco sus silencios eran fáciles de soportar. Con gesto taciturno, permanecía sumido en sus pensamientos durante horas. Para evitar roces, me acostumbré a pasar el día en el camarote de popa, donde había más sitio para mi trabajo, y hasta la hora de dormir no volvía al camarote que compartíamos.

(€) Por lo demás, todos me querían. Guardo un buen recuerdo, en particular de Augustus Earle, el dibujante de la expedición, y de uno de los criados, Simms Covington, a quien enseñé a cazar y a disecar pájaros, y que terminó convirtiéndose en mi ayudante.

Hicimos una breve escala en los islotes de San Pablo, un pequeño archipiélago que servía de refugio a numerosas aves, en su mayoría alcatraces y golondrinas de mar. Ambas especies estaban tan poco acostumbradas a los visitantes que ni siquiera se apartaban al vernos.

Mientras unos marineros las mataban a golpes de porra, para proveer nuestra despensa, otros se dedicaron a pescar meros desde un bote. Eran peces enormes que mordían el anzuelo tan pronto caía al agua. De pronto llegó una bandada de tiburones. Atacaron a los meros, que seguían prendidos de los anzuelos, y se cebaron en ellos. Los marineros defendieron sus capturas con los remos, pero al final tuvieron que renunciar a seguir pescando.

A medida que nos acercamos a Brasil, las aguas se volvían más tranquilas. Los delfines saltaban en torno al bergantín, cruzándose delante de la proa, y las aves marinas nos seguían persistentemente, como hipnotizadas por la blancura de las velas.

Sesenta y tres días después de dejar Inglaterra, el Beagle ancló frente a la antigua y hermosa ciudad de Bahía, envuelta en un exuberante verdor.

–¿Qué ruido es ese? –le pregunté a Fitzroy, porque al barco llegaba una especie de zumbido.

–Son los insectos, dicen –me contestó, displicente-. Si va a bajar, lleve una pistola.

Incapaz de resistir la tentación, desembarqué en la playa. A medida que me acercaba a la selva, el zumbido se hacía más intenso, pero disminuyó cuando me interné en la espesura, y luego dejó de escucharse.

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