Opinión | Los imprescindibles
A las puertas del cielo

Portada de una edición de 'Pasión de las santas Perpetua y Felicidad. / L. O.
Perpetua, una madre joven, fue ejecutada por las autoridades romanas a comienzos del siglo III en Cartago. Había sido capturada junto con otros cristianos. Debía afrontar la muerte o librarse de ella volviendo a rendir culto y mostrando su devoción al sagrado nombre del emperador. Las circunstancias de su cautiverio, de sus padecimientos y miedos quedaron reflejados en un texto conocido por la tradición como Pasión de las santas Perpetua y Felicidad. Detectadas varias manos y distintas fases de redacción, tiene —sin embargo— un núcleo que la filología moderna ha demostrado que solo pudo salir de la mano de la propia Perpetua, lo que fue lo más parecido a un diario de su paso por prisión hasta el día de su ejecución.
Estamos, por tanto, ante la primera escritora cristiana de todos los tiempos. El texto refleja la autenticidad de sus sentimientos y, por ello, sigue tocando el corazón de quien lo lee. Añora a su hijo, apenas recién nacido; se lo han llevado de su lado y los pechos le duelen porque no puede amamantarlo. Su padre amenaza primero, le exige abandonar el cristianismo y rendir culto a los dioses nacionales de Roma; ruega después, llora a sus pies y le suplica que se deje salvar. Perpetua sufre por su padre, por su propio hijo, pero no flaquea en su fe. Tiene visiones premonitorias en las que habla con otros mártires, sube hasta el mismo paraíso y conversa con presencias celestiales; comprende que un hermano suyo, pese a haber fallecido sin bautizar en la niñez, ha alcanzado el cielo; asume que idéntico premio la aguarda a ella cuando, durante un sueño, se ve a sí misma transformada en varón en el lance de vencer en la arena a un tremendo gladiador, imagen misma del diablo.
Su dolor ante la muerte y la pena que sufren los demás son sinceros, pero su valor y su determinación lo son aún más. No pronuncia grandes discursos: consuela con sus palabras a los otros, cuenta sus sueños llenos de promesas y pide concordia, amor y comprensión. El texto se interrumpe y otra voz nos cuenta cómo murió, tranquila y serena, guiando ella misma, con dignidad, la mano temblorosa de un inexperto gladiador al que habían dado la orden de rematarla en la arena degollándola. Perpetua, con su juventud, posee la sabiduría de mil ancianos. Su gran enseñanza no fue su fe, creación humana al fin y al cabo, sino su apacible dignidad ante la muerte.
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