Opinión | La Feliz Gobernación
Maravillosa Siri

Siri Husvtvedt, escritora. / José Luis Roca
Cuando se publicó en España uno de los primeros libros de Siri Hustvedt, el editor hizo imprimir una franja para la portada en que la presentaba como "la mujer de Paul Auster". Se armó la de dios es cristo. Normal. Dicen los lectores (y sobre todo, las lectoras) de Siri que en algunos aspectos es mejor que su marido, lo cual es también una referencia impropia, pues Paul sigue estando en la ecuación.
Auster ha muerto, y Hustvedt ha escrito un libro de duelo (Historias de fantasmas, Seix Barral) sobre su sufrimiento, su soledad y su nostalgia de una convivencia que pinta como una relación deliciosa, no exenta de sus cosillas. Por lo visto, Auster era un tipo extraordinario, y así consta, pero Hustvedt no ha escrito una vida de santos.
No había leído a Siri hasta ahora, a pesar de las recomendaciones del entorno, pero esta cata me anima a no seguir perdiéndomela. Admito que tomé su libro con la esperanza de que fuera algo así como el último de Paul Auster, una manera de apurarlo, de estirarlo. Y buscando a Auster uno se encuentra también a Siri, oro molido.
En sus páginas se reivindica, a veces furiosamente y otras con resignación, como alguien más que "la mujer de" y no deja de enumerar sus aportaciones a la obra de Auster que aparecen como hallazgos de éste. Pero a la vez confirma con desprejuicio la compatibilidad del amor romántico con el feminismo, cuestionada en ciertos sectores del activismo, y no deja de presumir, como si enviara mensajes a las envidiosas, de la belleza física de su marido. No se priva de salpicar su relato con apuntes pícaros, explícitos o sugeridos, entremezcla la anécdota con la categoría (hay salseo, ¿por qué no?) y no se reprime para dejar claro quién era la intelectual de la pareja: ella.
Siri se muestra como una mujer herida y perpleja por la ausencia que sobrevive por sus fortalezas y derrama amor por sus páginas creando un envolvimiento de complicidad y ternura. No querían, ella y sus lectores, que se la identificara como ‘la mujer de’, pero ante el hecho trágico, le importa un pimiento ese estigma, y escribe y llora por lo que no volverá: una felicidad que compartió con quien ella dice, admitido por él, que se la debió. Un testimonio maravilloso.
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