Opinión | Pan para hoy
Cronista taurino
La más cañí de las Españas
"Acebo on tour": dos orejas y puerta grande

La más cañí de las Españas / L. O.
Al desnutrido cuerpo de mis lectores lo emplacé a este miércoles para contarle un viaje que se nos quedó pendiente. Ha sido muy parecido al que les conté el año pasado por estas mismas fechas. El motivo volvía a ser el mismo: acompañar a nuestro paisano Víctor Acebo y deleitarnos con la más cañí de las Españas.
Salimos de La Manga con los bostezos del sol y los estertores de los borrachines para los que seguía siendo viernes. Para ellos, la frontera con el sábado se había desdibujado, por su pertinaz empeño en agarrar la juventud del cuello a esas horas ambiguas que mezclan al borracho y al madrugador. En El Juanito nos llevamos un palo por un bocata bien cargado de carne y de inflación. Llegamos a Santa Olalla para comer en el hotel de los toreros. A Andrés García, mexicano y actuante, le vi levantarse en medio de la comida para coger un bote de tabasco, no sé si por alarde patrio o por irse preparando para lo que le esperaba en el ruedo.
Dormimos en el Hotel Recio, que regentan don Carlos y su hermana. Don Carlos es un tipo con mucho embrujo y mucho mundo. Acabó recitándonos un poema de Neruda para asombro de los viajeros neófitos del bautizado como "Acebo on tour".
De los toros, que se celebraban en la vieja villa de Escalona, me quedo con la deliciosa faena de Víctor al cuarto, el contraste de una familia marroquí en la plaza y la impresión de las peñas, que no cantaban un olé así volviese Manolete resucitado. Y es que en la segunda semana de fiestas se ve todo muy negrita. Mención aparte merece lo mucho que engaña el acento de Toledo, al hacerte considerar que, por su forma de hablar, un indocumentado es un tipo serio. A los nuncalmuerzas murcianos los tengo calados, los de fuera se me escapan. Dos orejas y puerta grande.
En la cena, ese amigo que evita ser el pesado de la guitarra fue el de la guitarra a secas y nos desgarramos por José Alfredo. Después tocó verbena. En un alarde de masculinidad tóxica nada deconstruida, yo me aposté diez euros en la máquina de los puñetazos contra el más osado. Perico me empató a 889. Por defender dicha virilidad, he de decir que me parece una puntuación algo baja para una máquina de feria. Al que perdió no le menciono: bastante tiene con lo suyo.
A las doce y media era todavía temprano para salir. Quise parar en Campo de Criptana, que celebraba su fiesta yeyé, aunque acabamos comiendo en Alcázar de San Juan, a ver si por intercesión del santo le perdonábamos la dolorosa a Juanito.
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