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Opinión | Los imprescindibles

Donde te lleve el amor

Portada de una de las ediciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri.

Portada de una de las ediciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri. / L.O.

Para muchos tiene, hoy día, la apariencia de un poema sagrado plagado de simbolismos arcaicos y misteriosos. Aventurarse por entre sus líneas es como caminar sobre el campo de ruinas de una cultura fenecida, ajena. Se cruza el umbral y, efectivamente, abandonamos toda esperanza al entrar.

Y sin embargo, este gran poema sobre el alma humana conserva intacto todo su poder de atracción. Nos hechiza y nos seduce, nos lleva, como es sabido, por las profundidades del infierno y asistimos a los castigos más atroces que padecen las almas pecadoras.

Dante cruza regiones ignoradas, pero al menos es guiado por el gran poeta Virgilio, a quien pide que describa cuanto encuentran. Todo se soporta si vale la pena lo que se busca. Y Dante busca el camino que lleve a su añorada Beatriz. Elevada a la condición de amante mística, será ella quien le señalará la dirección hacia Dios.

Esta prodigiosa obra refleja más que ninguna otra cómo era concebido el universo cristiano, proporciona la imagen simultánea de la sucesión de infierno, purgatorio y paraíso. Eso no fue, empero, lo que la convirtió en inmortal, en la obra que se leerá mientras perdure la humanidad sobre la Tierra. Su grandeza consiste en colocar, en el centro de un gigantesco orden celestial, a un único ser humano que no habita un drama sagrado ni cósmico, sino una epopeya individual, la de una persona que, movida solamente por amor, recorre estancias desoladas, misteriosas, habitadas por espíritus de hombres muertos.

Una hazaña para el espíritu humano, el acta de nacimiento del individuo autónomo y libre.

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