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Opinión | Los imprescindibles

La culpa de nacer

Portada de una edición de La vida es un sueño, de Calderón de la Barca.

Portada de una edición de La vida es un sueño, de Calderón de la Barca. / L. O.

En tiempos de Calderón de la Barca, España era sencillamente el mundo. Su rey, Felipe IV, décadas antes de que reinara Luis XIV en Francia, ya había asociado para sí el simbolismo solar. Con el nacimiento de cada heredero al trono, los astrólogos escudriñaban la posición de los planetas y pronosticaban la fortuna que aguardaba al país; lo mismo ocurría en la Polonia imaginaria de La vida es sueño.

Los astrólogos habían estremecido el corazón del rey Basilio al asegurarle que su hijo Segismundo, su primogénito, sería un tirano que pondría su pie sobre el cuello paterno. Para evitar la catástrofe, el príncipe fue alejado de su lado nada más nacer. Este ser potencialmente peligroso -el enemigo del género humano que anunciaron las profecías- aparece cargado de cadenas, encerrado en una torre y apartado de todos. Vive, sobre todo, en total ignorancia de su identidad y sin conocer las culpas por las que es castigado.

Culpa frente a redención y libertad en lucha contra el destino confluyen en esta obra que pone en duda la misma vida en la que nos movemos. Constata, tan solo, los difusos límites de una realidad indistinguible de los deseos, de los engaños y de esas sombras errantes que son los sueños. Segismundo vive entre los polos opuestos del furor y el perdón, sin saber realmente si está despierto o si sueña. Desconoce si es un reo en prisión que se sueña príncipe, o al contrario. La fugacidad de las cosas, lejos de toda permanencia, le permite concluir que el sueño, igual que la muerte, es la medida universal que iguala a todos los hombres en sus logros y en sus fracasos.

Todos morimos y todos soñamos. Segismundo abre definitivamente los ojos y, aunque los enemigos de su padre lo encumbren al poder para liberarlo, abandona los deseos de ira o venganza, sabiendo que cualquier bien puede desaparecer al instante.

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