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Opinión | El Retrovisor

Champú de huevo

Antonio González Barnés y Clemente García Reveldería en el Coso de la Condomina, 2004.

Antonio González Barnés y Clemente García Reveldería en el Coso de la Condomina, 2004. / Archivo TLM

Agosto, por estas fechas, ya huele a final de verano, todo lo bueno se termina, aunque haya sido un mes tórrido donde los haya. Resulta curiosa la comparación, pues cada vez las vacaciones suelen ser más cortas en comparación con aquellos días estivales de mediados del siglo pasado, cuando las vacaciones estaban recién descubiertas para la mayoría y los murcianos comenzaron a mojarse los pies en nuestro litoral, en aquellos tiempos felices en que la segunda vivienda se hizo posible y el 600 contribuyó a conocer la belleza de nuestro mar. Si me preguntaran, habría de decir que aquellos fueron mejores tiempos que los actuales, salvo algún matiz. En cierta ocasión, le pregunté a mi siempre querido José María Párraga sobre su experiencia durante el franquismo; su respuesta fue rotunda: todo consistía en no hablar de política y, si se hablaba, bastaba con "¡Pssss… que vienen!". Y todo solucionado.

Sí, los veranos eran muy largos, de mediados de junio a principios de octubre: veranos inolvidables de infancia y adolescencia, vacaciones familiares con los primeros escarceos amorosos, que ahora, vistos desde el prisma del paso del tiempo, en el otoño de la vida, nos hacen apreciarlos como los mejores días vividos.

Antonio González Barnés durante un evento cultural, 2005.

Antonio González Barnés durante un evento cultural, 2005. / Archivo TLM

Agosto se va, y en la mente de muchos quedarán grabadas en la memoria, sus horas más gratas, pese a su brevedad. La Feria de Murcia está a la vuelta de la esquina, acompañada por el soniquete de una nueva vuelta al cole y todo lo que el nuevo curso escolar supone para las exhaustas economías familiares.

Hablar de una nueva feria de Murcia, de sus caballitos y norias, de sus tardes de toros, me hace recordar la figura de un amigo que el tiempo convirtió en político, un amigo que se marchó de este mundo demasiado pronto, pero que dejó la impronta de su buen hacer, de su bondad y de su imaginación en todos los proyectos que acometió, Antonio González Barnés: el inolvidable concejal de Cultura y Festejos en el Ayuntamiento de Murcia.

El legado de ‘Barni’ fue amplio y variado en los festejos de la Murcia del siglo XXI. Incluso supo crear un sucedáneo de la añorada Batalla de las Flores, a la que algunos calificaron de clasista y festejo burgués, entre otras muchas innovaciones festeras y culturales. A fin de cuentas, Antonio González Barnés llevaba los festejos en la sangre gracias a su padre, el mago del cartón Antonio González Conte. Su nombramiento como concejal fue un acierto del alcalde Miguel Ángel Cámara, quedando despejadas muy pronto las dudas que surgieron con el citado nombramiento por parte de los malas sombras de siempre.

Al llegar estas fechas del mes de agosto, vuelvo a revivir aquellos veranos de la infancia en el Verdolay, vuelvo a ver aquellas pandillas que pululaban entre el maravilloso paisaje alberqueño en la que nunca faltará la figura de ‘Barni’.

Barnés siempre fue un apasionado de los toros. Aquí le vemos con Alberto Castillo, Clemente García Reveldería y ‘El Litri’.

Barnés siempre fue un apasionado de los toros. Aquí le vemos con Alberto Castillo, Clemente García Reveldería y ‘El Litri’. / Archivo TLM

Siempre fui madrugador, aunque por mucho que madrugara no amanecía más pronto. Así que, buscando la compañía de los amigos más perezosos, aguardaba, chupando brotes de hinojo, su despertar, Antonio, entonces Johnny para los amigos, siempre fue de los primeros en descubrirme, sentándose en una piedra junto a mí y mi bicicleta con otro hinojo que adornó sus labios de adolescente. Poco a poco, iban llegando los amigos, entre las que destacaba Paquita Medina, aquella chica de ojos azules y pelo negro que cautivaba con su aroma de champú de huevo (su padre era peluquero) y que me llevó de cabeza. Muchachas que hacían palpitar hasta los corazones de las ‘merlas’ que picoteaban entre las paleras.

Los desgarros del violín de don Antonio Salas ponían fin a la espera. Doña Marita, su bella esposa, abría las puertas a las amistades, a aquellos zagales llenos de vida que aguardaban la compañía de Luis José y de Antonio, sus hijos. Ping-pong, ritmos de twist y de rock que sonaban en el picú, guateques que contaban con la presencia entrañable de José Valverde Díaz, mi querido ‘Pichilate’, llegado cada tarde desde Murcia de la mano de Rafael Ayuso y que tenían como telón de fondo a la vega murciana en panorámica espectacular. Risas y bromas juveniles entre las que destacaban las ocurrencias de Antonio González Barnés, el que se fue demasiado pronto de esta vida, dejándonos su recuerdo imborrable, sobre todo ahora, cuando ya se intuyen los días de Murcia en una nueva Feria.

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