Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Los imprescindibles

La violencia y la náusea

Libro

Libro

El mundo de La naranja mecánica es extraño, próximo a un estado de alucinación; una pesadilla de violencia y brutalidad donde la personalidad, la individualidad humana y el libre albedrío se resquebrajan bajo la presión de dos gigantescas moles que trituran cuanto cae entre ellas: el instinto innato de la agresión y la represión pública de la misma.

A través de la trama contemplamos la emergencia de una crueldad subterránea que nace en las profundidades del espíritu. Lo más perturbador consiste, quizá, en entrever que la música, el arte y las formas superiores del conocimiento brotan también de aquellos oscuros rincones de la mente. Una vez que emergen son imparables, conformando el paisaje complejo y variopinto de la psique.

El ansia de destrucción, el deseo de placer y el goce en la dominación ajena se combinan de manera inquietante con las grandes creaciones del intelecto. Existe una fuente primigenia en el corazón, y de ese manantial brotan, indistintamente, la bondad y la maldad.

El orden, la tranquilidad y la homogeneidad son necesarios para mantener la disciplina, una dominación que en los sistemas autoritarios suele disfrazarse de paz social.

En la novela, el Estado lleva hasta el extremo la necesidad de castrar y pacificar la naturaleza humana a través de despiadados tratamientos de condicionamiento y torturas psicológicas destinadas a quebrar la voluntad del individuo para que no se alce jamás. Esta manipulación a través del dolor y del tormento consigue que delincuentes potencialmente peligrosos se conviertan en ciudadanos dóciles por el mero agotamiento de sus fuerzas esenciales. Esto aniquila también sus capacidades espirituales y artísticas, aquellas que habrían propiciado un arrepentimiento más noble y sincero.

El elemento demoníaco y desafiante que sitúa al ser humano en la frontera entre lo divino y lo trágico —y que es, en último término, la sede de su grandeza— queda destruido. Esa es la paz estéril que aman las dictaduras.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents