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Opinión | La Feliz Gobernación

Pateras y bañistas

El desembarco de decenas de inmigrantes causa estupor en una playa de Los Belones

L. O.

Yo también lo habría hecho. Marcharme de la playa, digo. Salvo en el caso de que percibiera la necesidad de primeros auxilios. He leído por ahí algunas severas objeciones a los bañistas de la Cala del Barco, en Los Belones (Cartagena) que decidieron recoger sus cosas y retirarse en el momento en que llegaba a la playa una embarcación motorizada con 62 migrantes argelinos.

La consecuencia de quedarse para asistir al desembarco suele ser que los testimonios gráficos representan una estampa de contraste entre ociosos y necesitados que consigue, por su simplicidad, anular el problema político en el sentido de liberar de responsabilidad a los gestores públicos para atribuirla a la conciencia personal de los espectadores directos de este tipo de sucesos.

Es ya un género fotográfico y videográfico la presentación de bañistas sorprendidos por la arribada de pateras en el que la mirada de quien contempla esas reproducciones tiende a condenar al sujeto que disfruta del ocio vacacional, dando por sentada su despreocupación por las consecuencias de una geopolítica desnortada unida a la consabida ineptitud en este ámbito de muchos gestores públicos. Una cosa es disponer de conciencia crítica sobre las causas que generan un flujo inmigratorio permanente y con fecuencia desbordado y otra es asumir mala conciencia por situaciones en que los individuos como tales carecen de capacidad para establecer soluciones, salvo la minúscula influencia electoral. Ésta, por otra parte, es inocua, pues las distintas fuerzas políticas, al margen de sus proclamaciones, se vienen mostrando inoperantes al respecto, en un marco que va desde el buenismo al racismo, de la ingenuidad a la perversidad, meros metalenguajes para la competencia electoralista.

Hay quienes extreman su conciencia hasta el punto de evitar bañarse en el Mediterráneo por su carácter de cementerio de miles de personas que buscaban un mejor destino para sus vidas que el que les ofrecían sus países de origen, generalmente de régimen autoritario. Asumen así el estigma de la culpabilización personal mientras los dirigentes políticos no tienen inconvenente en bañarse en las despejadas playas de La Mareta, por ejemplo.

Al ciudadano que goza de su bien ganado ocio no le es imputable la responsabilidad por el desorden político.

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