Opinión | El especialista

Juan Antonio Carreras Espallardo
Policía local y criminólogo
La neurosis de renta... aplicada a los accidentes de tráfico

Un accidente de tráfico, en una imagen de archivo. / PI STUDIO
Porque son realmente interesantes. Para que ustedes conozcan las motivaciones que pueden llevar a una persona a fingir, exagerar o incluso llegar a creerse protagonista necesaria de un accidente de tráfico. Si ya resulta difícil la valoración del daño cuando este es físico, mucho más complejo resulta cuando hablamos de un daño psíquico, interno, que se desarrolla en la mente del sujeto. Y es precisamente en este ámbito donde aparece la llamada ‘neurosis de renta’, que no debemos confundir con la simulación.
La neurosis de renta se incluye en la clasificación internacional de enfermedades, tanto en el DSM IV como en el CIE 10. Se trata de un trastorno mental que puede definirse como la «producción intencionada de síntomas físicos o psicológicos desproporcionados o falsos motivados por incentivos externos como, por ejemplo, evitar un trabajo u obtener una compensación económica».
Estamos ante una especie de simulación inconsciente, en la que el paciente realmente siente los síntomas que manifiesta y, en cierta manera, llega a identificarse con su propio papel de enfermo. Por un lado, tenemos la neurosis, como componente del trastorno mental, y por otro la renta, entendida como la postura del enfermo que considera que debe ser indemnizado por las consecuencias que atribuye al accidente.
No es casualidad que este tipo de comportamientos se destaquen especialmente en aquellas zonas geográficas donde la legislación contempla sistemas de indemnización por lesiones, incapacidades o secuelas derivadas de los accidentes de tráfico.
En el ámbito de los accidentes de tráfico, la neurosis de renta puede manifestarse en aquellas personas que han sufrido un siniestro y que son especialmente propensas a denunciar o reclamar, exagerando de manera inconsciente su incapacidad laboral. Esta incapacidad puede prolongarse durante un tiempo bastante extenso, mientras se van sobre exagerando las dolencias y secuelas que el individuo atribuye al accidente.
La conducta puede llegar a convertirse en una auténtica actividad de carácter querulante y, en algunos casos, incluso paranoide, en la que toda la atención del sujeto se centra en el accidente, sus consecuencias y la posibilidad de obtener el máximo beneficio económico a través de la correspondiente indemnización. Pero aquí aparece una cuestión especialmente interesante para quienes tienen que valorar un accidente: no todo comportamiento exagerado implica necesariamente una mentira consciente. La persona puede estar convencida de lo que manifiesta, interpretar sus sensaciones de una manera distorsionada y considerar absolutamente reales unas limitaciones que, desde una valoración objetiva, pueden no guardar relación con la gravedad del accidente.
Es evidente que la persona que sufre una neurosis de renta arrastra, generalmente, un trastorno de personalidad previo al siniestro. El accidente no sería, por tanto, el origen del problema, sino el elemento desencadenante que hace aflorar o potencia determinadas conductas.
Hay que distinguirla claramente de la simulación, porque en esta última existe una conducta voluntaria y consciente. El simulador produce deliberadamente síntomas psíquicos o físicos falsos o exagerados con la finalidad de conseguir un objetivo determinado, como puede ser obtener una compensación económica, evitar una obligación o conseguir una determinada situación de ventaja. La diferencia puede parecer pequeña, pero desde el punto de vista médico-legal resulta fundamental. En un caso existe una elaboración consciente de la conducta y en el otro puede existir una auténtica convicción subjetiva de estar enfermo o incapacitado.
Son características de quien sufre neurosis de renta: el deseo inconsciente de estar enfermo, una adaptación al proceso sin aparente problema, la existencia de un trastorno de personalidad, una actitud querulante, quejica y exigente, la exageración de los síntomas, la referencia constante a la aparición de nuevas lesiones y la búsqueda de una segunda o incluso sucesivas opiniones médicas.
También puede repetir constantemente el accidente, ya sea en sueños, pensamientos o conversaciones, y mostrarse extraordinariamente preocupado por ser informado, atendido y reconocido como víctima. El accidente termina ocupando una parte importante de su vida y de sus conversaciones.
En el simulador, sin embargo, el deseo es aparentar la enfermedad. Finge conscientemente para conseguir una finalidad concreta, puede no cooperar con las pruebas médicas, poner excusas ante las exploraciones o alegar que no puede realizar determinadas actividades. En ocasiones afirma no poder trabajar mientras realiza deportes, esfuerzos físicos u otras actividades incompatibles con las limitaciones que declara, especialmente cuando considera que no está siendo observado.
Y aquí es donde la valoración policial y médico-legal adquiere una importancia extraordinaria. No basta con escuchar lo que el accidentado manifiesta ni tampoco con sospechar automáticamente que está mintiendo. Es necesario observar, contrastar, recoger datos y analizar la coherencia entre las lesiones objetivadas, la mecánica del accidente, la evolución clínica y el comportamiento posterior del lesionado.
Porque, al final, una cosa es sufrir realmente las consecuencias de un accidente, otra exagerarlas de manera inconsciente y otra muy diferente inventarlas deliberadamente. Tres situaciones que pueden parecer iguales a simple vista, pero que esconden realidades psicológicas y médico-legales completamente distintas.
Y, precisamente por eso, cuando hablamos de accidentes de tráfico no todo se encuentra en el asfalto, en los vehículos o en las lesiones visibles. A veces, una parte fundamental del accidente está en la mente de quien lo ha sufrido.
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