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Opinión | Los imprescindibles

Instinto y destino

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Lantier, de orígenes familiares más que tenebrosos, es un conductor competente y un miembro cualificado del personal ferroviario francés. Pertenece, por tanto, a una suerte de élite que ya no es aristocrática ni burguesa, sino esencialmente técnica. Es un orden nuevo el que acaba de nacer sobre los cimientos de la industria, de la racionalización del espacio, el comercio y las leyes matemáticas del máximo beneficio. El escenario contemporáneo parece encuadrarse dentro de un eje cartesiano: todo está pensado, previsto, meditado.

Sin embargo, Zola disiente. Él coloca una interrogación justo al final del camino.

El operario alberga en su interior la pulsión por el crimen y la violación. Conoce perfectamente la naturaleza retorcida de su alma, mide la fuerza de sus impulsos y, hasta el momento, los combate con éxito. Proyecta su pasión, sublima su deseo y profesa un amor devoto a la máquina que conduce: La Lison. Hacia ella dirige su afecto y admiración. Las mujeres de carne y hueso no son nada para él en comparación con esa prodigiosa locomotora, con su precisión, fortaleza, la belleza de sus formas y la velocidad que adquiere cuando el fuego de la caldera la impulsa con una energía inédita para la humanidad. Pero esa red de vías por la que se desplaza no es para el novelista sino la tela de araña que va tejiendo el destino en torno a este asesino vocacional. La sensualidad violenta y desbocada se desata bajo una primera forma de adulterio y homicidio. A partir de ahí, quebrado el límite autoimpuesto, la carga reprimida de generaciones marcadas por la abyección se filtra por las grietas de su mente.

El ansia de muerte y destrucción llega al paroxismo cuando el maquinista y La Lison —que transporta un convoy de soldados enardecidos en su marcha a la guerra— se funden en un solo ser, arrastrando a la tumba a cuantos viajan con ellos.

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