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Opinión | Por si encaja

Una sonrisa sobrecogedora

Mi tía Anita era de Ceuta. Siempre hablaba de su tierra con adoración. En las temporadas que pasé más próximo a ella nunca llegó a coger el barco para volver sobre sus pasos que inexorablemente quedaron atrás. El imán de su recuerdo me ha llevado a seguir con mayor afán y enorme pesar las secuencias vividas en torno al puerto y a la ladera del Hacho. Habrá que remontarse como casi siempre a los romanos y avistar los siete montes de la región con sus pertinentes montículos simétricos al estilo de siete hermanos para colegir que de ‘septem’ se llegó al topónimo en cuestión. Desbordamiento de hermanos en complicada hermandad con la situación que les rodea.

En medio del pertinaz aroma a desastre emerge a las primeras de cambio la figura de Faten Ben Omar el Azizi, una chavala de 20 años, enfundada en la elástica a rayas del Moghreb Atlético de Tetuán, promesa en su género al que tanto había costado abrirse paso en Marruecos, intentando cruzar a nado hasta la ciudad autónoma para poder sacar cabeza lejos de un entorno bajo una situación desasosegante las fuertes corrientes impidieron que lo consiguiera y, tras ser rescatado, el cadáver recibió sepultura en el cementerio en el que trabajaba desde cría, incluso antes de haber alcanzado la edad permitida. La tragedia no se queda ahí. La madre, después de dar alaridos de dolor recogidas por las redes, relató que horas antes de que su hija se lanzara al agua llegó el aviso de que le habían otorgado el visado en el consulado para viajar a España y cumplir sus sueños acariciando un futuro que donde vino al mundo no veía por ningún lado.

Para honrar la memoria, el club, su equipo, puso en circulación una imagen distribuida por todos los confines en la que irradia una preciosa sonrisa que sobrecoge tras conocer el final de su aventura, muy similar a la que habitualmente solía irradiar la expresión de mi tía. ¡Cuántas historias sesgadas de criaturas que a dentelladas quieren alcanzar el sueño de intentar ser ellos! Y merodeando sus cuerpos sin reparar en ellos, ¡cuánto aprovechado que acude raudo y veloz al lugar del sufrimiento o que sermonea desde su torre de marfil sin tener ni pajolera idea a ver si le renta la catástrofe! Con su pan se lo coman.

«Vales lo que renuncias», mi frase favorita, podría haberla dicho alguien tan consecuente con ella como Diógenes el Cínico, así llamado porque pensaba y vivía como un perro, aunque él quizás la vería retórica. Su gesto más elocuente fue pedir a Alejandro Magno, de pie ante él (que sesteaba en su barril), que se apartara un poco, pues le tapaba el sol. «Busco un hombre» es la frase más famosa que se le atribuye, caminando por Atenas lámpara en mano a plena luz. Se la tomo prestada tras intentar explicar a alguien de carne y hueso, en lugar de al ser no-sintiente que está al otro lado del teléfono, lo que le pasa a la wifi que nos tiene alquilada el interlocutor sin interlocución. De esa voz impersonal que me pregunta, guiada por la IA, no me importa que no tenga detrás unas neuronas, un corazón y un órgano fonador, sino que no entienda nada. Y así vamos atrás, pensando que avanzamos.

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