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Opinión | Pan para hoy

Fernando Vera

Cronista taurino

El conticinio en La Manga

A mi primo Álvaro y a mí nos gustaba meternos en la piscina de madrugada. Nos excitaba más chinchar a un vecino Gargamel que nos quería echar encima a la policía

El conticinio es la «hora de la noche en que todo está en silencio». No es fijo, pero a La Manga llega siempre un poco más tarde. Dos horas y treinta minutos pasan de la medianoche. Desde el banco de la urbanización escucho el dado saltar sobre la mesa. Es el parchís, ese juego al que no le hacemos ni caso durante el invierno y nos espera en verano para desatar nuestras pulsiones más cainitas.

Nos olvidamos de él como nos olvidamos del vóley, los naipes y los helados de turrón. Se oye la voz de los muchachos, que se van contando de veinte en veinte justo después de que su víctima falte a su madre. Cuando se exaltan un poco, uno manda callar, seguramente el que pone la casa. Como todo está ya prescrito y absuelto, diré que a mi primo Álvaro y a mí nos gustaba meternos en la piscina de madrugada.

Nos excitaba más chinchar a un vecino Gargamel que nos quería echar encima a la policía. Este sufrido partidario del conticinio al que banderilleábamos por las noches conserva todavía el mismo ánimo, también a la hora de la siesta, según he podido averiguar por la reciente irrupción de un borrachín que se bañaba a deshoras. No se respeta ni la tregua del Tour de Francia, con Perico Delgado susurrándote al oído lo mucho que pesaban las bicicletas cuando él corría. Un par de sapos empiezan a croar rajando el silencio. Son dos muchachos que vuelven de la playa y hacen gala del degradado que se perpetraron para salir el viernes. Las silletas campanean contra sus tibias, tibias de futbolista que ha perdido la esperanza infantil de jugar en la Selección. Vuelven del mar, quizá de probar suerte en el amor. No se les ve muy contentos ni muy habladores. Afortunados en el juego. Mi Casio F-91W ahora tiene agua porque me he puesto a tocar botones mientras estaba capuzado.

Me siento un poco desnudo andando sin reloj, teniendo que acudir al tiránico teléfono cada vez que quiero saber la hora. Le voy regalando un pedazo de mi vida con cada mirada a la pantalla. Mi Casio lo había elegido como compañero de verano. Su ocaso anuncia el de la estación que lo encumbró. Antes de que también se rompa el tiempo, me queda un viaje a Escalona, Toledo, que creo que les relataré la semana que viene. Hemos conseguido el programa de las fiestas: después de la novillada, verbena a cargo de la Orquesta Diamante Show; de cuatro a seis de la mañana, sesión de disc-jockeys en el mismo escenario y, a las ocho, vaquillas. Empalme sobre empalme. Definitivamente, el verano es mala época para ser conticinio.

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