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Opinión | Los imprescindibles

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Trabajo cumbre de la historiografía sobre el final del Imperio Romano es también uno de los mejores ensayos, más bellamente escritos, de todos los tiempos. Obra monumental, literariamente insuperable, se suele comercializar, por desgracia, condensada y abreviada. Y sin embargo, incluso degradada, reducida, jibarizada podríamos decir, a la forma de un solo volumen, deja una huella imborrable en quien lo lee. Durante un viaje a Roma, Gibbon tuvo un momento de contemplación que le abrió las puertas del entendimiento. El Sol se hundía en su ocaso, la tenue luz de la tarde bañaba las piedras arruinadas de lo que en tiempos lejanos habían sido los monumentos del Imperio más poderoso del mundo antiguo. Repicaban las campanas llamando a la oración por las ánimas antes de que definitivamente cayera la noche. Entonces el gran historiador inglés vio ante sí, en un solo segundo, todo el milenio que tardó Roma en caer, el fin de la Antigüedad y el mundo de iglesias y monasterios al que dio paso.

Después de haber alcanzado el esplendor, la fuerza y la sabiduría, el Imperio Romano se desmoronó y dio lugar a una época de miedo, violencia y fanatismo. Gibbon señala el papel de las invasiones bárbaras, las cuales, sin embargo, se tuvieron que combinar con un enemigo aún mayor, ningún otro que el propio poder devastador de Roma: su violencia innata, su ansia de lucha contra sí misma, su amor —espoleado por la ambición y la crisis de su sistema político— por las discordias y las guerras civiles.

Nuevos credos, nuevas divinidades, con sus inspirados servidores, amantes de un mundo que estaba por venir y que había sido prometido, vinieron a erosionar las sólidas bases de fuerza y poder sobre las que se había edificado Roma, Señora de la Tierra. Pronto los bárbaros fueron vistos como tierra de promisión, como parte de la acción redentora y evangelizadora de una misión nueva que estaba más allá de este mundo. Los grandes nombres se mantenían; las ciudades y sus murallas, empero, guardaban un tipo humano distinto, que miraba hacia el cielo mientras la tierra desaparecía bajo sus pies.

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