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Opinión | Los imprescindibles

Arrodillado ante mí, me adorarás

Portada libro 'El señor de las moscas'

Portada libro 'El señor de las moscas'

Podría haber sido otra novela de niños perdidos que hubiera jugado con el tópico de los náufragos abandonados en una isla. Una escuela de Robinsones. Hubieran desafiado a la naturaleza y habrían aprendido a vivir con ella; quizá incluso hubieran podido superar sus conflictos internos, aprender a ser seres sociales, a apoyarse mutuamente, a discrepar y tolerarse, a unirse.

Pero Golding, que vivía en una época terrible en la que era una posibilidad cierta, como lo es ahora, que el planeta entero se destruyera por una acción humana que desencadenara una guerra atómica, decidió que su historia iba a seguir unos derroteros muy diferentes. Sus jóvenes habían de descender al valle más oscuro.

La sociedad accidental que se forma en la isla desierta con los niños supervivientes es aparentemente afortunada. Inexpertos pero brillantes, la convivencia es posible. Desgraciadamente, de manera lenta, imperceptible, pero segura e irremediable, el miedo se asienta en el corazón de los muchachos. La selva alberga criaturas hostiles, monstruos reales, quizá más aún que el célebre cocodrilo de Peter Pan, y por supuesto mucho más terroríficos. Los fantasmas de la jungla no son más que la proyección de los propios terrores, de los sueños, de las ambiciones, de los deseos homicidas apenas toscamente reprimidos.

Pese al equilibrio inicial, pronto la semilla de la discordia, abonada en el suelo del terror, crece hasta que su raíz parte en dos la base de aquella sociedad de supervivientes. Estampas ancestrales, cargadas de miles de años, brotan de los corazones infantiles. Imágenes terribles se adueñan de la historia: un ser reptiliano que nadie ha visto y del que nadie duda, una cabeza de cerdo clavada en una estaca con legiones de moscas revoloteando alrededor. La inocencia muere y triunfa la fuerza bruta.

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