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Opinión | Los imprescindibles

Desde mares lejanos

Portada de "Los trabajos de Persiles y Sigismunda".

Portada de "Los trabajos de Persiles y Sigismunda". / L. O.

Al estilo de las novelas bizantinas Cervantes cuenta la azarosa epopeya, aparentemente convencional, de dos amantes bajo nombres supuestos, arrojados a las turbulentas aguas de una peregrinación forzosa hasta que, superadas las adversidades, logran mostrar al mundo sus verdaderas identidades y su amor puro, que todo lo vence.

Fueron muchos los que no quisieron perdonar al autor de las Novelas Ejemplares lo que mentes estrechas identificaban como un retroceso en su arte, una marcha atrás hacia lo convencional, algo incomprensible después de haber inaugurado la novela moderna con su Don Quijote.

Y sin embargo, resulta evidente que Cervantes profesaba una devoción especial por dos cándidos amantes en su lucha contra el mundo. Dentro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda subyace algo más que lo que resulta meramente visible. Es una historia profundamente alegórica sobre el destino del alma humana, sobre la posibilidad infinita de redención, la capacidad de superación de las adversidades, el perdón y, sobre todo, la justicia. A través de relatos que se entrelazan, se confunden y se unen entre sí, percibimos el triunfo del espíritu humano desde las desoladas regiones del norte, apenas pobladas por salvajes y frecuentadas por piratas y traficantes, hasta las nutridas tierras de Europa.

Fue la última obra de su autor. Sabía que no había de vivir mucho más, que estaba ya con un pie en el estribo, como él mismo dice en un prólogo de palabras memorables, dignas ellas mismas de encabezar la historia de la literatura española. La trama fue acabada a toda prisa con la visión del sepulcro ya grabada en los ojos del autor, que miraba así cara a cara a la desaparición definitiva. No era momento de imposturas, ni de concesiones, ni de quimeras como la fama o la gloria literaria. Sabio, tranquilo y resignado, dejó marchar una última novela con un mensaje de libertad, cariño y justicia. Cervantes, que era un hombre muy bueno, dijo que amaba esta obra más que ninguna otra de las suyas.

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