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Opinión | La Nueva Butaca

Esa costumbre de improvisar

Un niño con gafas para el eclipse en una playa.

Un niño con gafas para el eclipse en una playa. / L. O.

En nuestro habitual viaje de verano en familia, siempre a Galicia, una pequeña dosis de improvisación es imprescindible. Nos gusta variar la ruta. Tanto a la ida como a la vuelta, hacemos parada en algún destino de interior que decidimos casi sobre la marcha. Gracias a esa costumbre, hemos conocido muchos rincones de Segovia, Ávila, Valladolid, Madrid, León, Zamora...

Este año, la improvisación nos ha llevado hasta Cáceres. Llegamos sin saber con qué nos íbamos a encontrar. Era mediodía y las calles estaban prácticamente desiertas. Después de comer y descansar un poco, tocaba hacer de ‘francos forasteros’, como diría Pla. Curiosos, recorrimos sus calles empedradas, sin tráfico rodado, dejándonos sorprender por lo que íbamos encontrando. Al atardecer, las plazas empezaron a llenarse de gente. Los músicos callejeros comenzaron a tocar. Guiados por las melodías, primero de una guitarra y después de una flauta travesera, recorrimos esa ciudad vieja cacereña, Patrimonio de la Humanidad, entre laberínticas calles y monumentales edificios históricos. Nos embrujó. Al día siguiente, Mérida y Trujillo terminaron de cautivarnos.

Esto, aunque parezca una cuestión menor, explica por qué no me gustan los viajes organizados. Esos que se planifican con meses o años de antelación, en los que alguien decide cuándo desayunar; dónde hacerte el selfie perfecto o incluso qué sentir al ver determinado paisaje… En las redes sociales proliferan los perfiles de gente que, sin conocerte de nada, te indican todo lo que tienes que hacer en cada momento. Basta con hacer una búsqueda para que los algoritmos te marquen el camino. Es ahí donde, para mí, los viajes pierden la magia y nosotros, la maravillosa capacidad de dejarnos sorprender.

Visitar una ciudad desconocida siempre tiene algo de aventura. Recorrerla sin un itinerario fijado, como un ‘flâneur’, dejándote llevar por la improvisación, todavía más. Sin embargo, esa libertad se complica cuando intentas reservar en un restaurante y está completo o tratas de comprar entradas para el teatro y no queda ni una… Esa costumbre de improvisar también tiene sus inconvenientes. No siempre sale como esperamos, pero quizás ahí esté parte de su encanto.

Con el cacareado eclipse, parece que hasta para mirar al cielo necesitábamos un plan y unas gafas especiales. Llegado el momento, el miedo a posibles daños oculares me llevó a estar más pendiente de que mis hijos no se quitaran sus gafas que de mirar al cielo. En ocasiones puntuales es mejor prevenir que improvisar.

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