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Opinión | La perdición

Sí, un animal es un hijo

Un gato toma un alimento de una cuchara.

Un gato toma un alimento de una cuchara. / L. O.

Hay quienes ya temen al verano como si fuera un castigo. Para algunos, incluso, el sol se está convirtiendo en un dios ‘cruel’. Y el calor, aquel aliado de los setenta de «vamos a la playa, calienta el sol», en un elemento hostil. ¿Estarán las sucesivas olas de calor, consecuencia evidente del cambio climático, alterando nuestra relación con el astro rey? La vieja aspiración de ‘sol y playa’ se desvanece, y en su lugar surge el anhelo de ‘sombra y mar’. Pienso en todo esto mientras me dispongo a presenciar, frente a una laguna y dando la espalda al Mediterráneo, el eclipse parcial. Previamente me he atiborrado de información. Parte de ella inentendible; otra, desconcertante. Vengo advertido de que voy a experimentar una mezcla de miedo, asombro y euforia. Y confieso que no es para menos al admirar a través de las gafas protectoras parte de la belleza del universo. Poco a poco va cayendo la luz. Y la que queda tiene un tono mágico. Baja unos grados la temperatura. Los patos de la laguna se han ido a dormir. Vuelve a amanecer, aunque sea por un instante. Y me digo: ¿qué es un eclipse sino el elogio de la sombra, ese refugio que ahora anhelamos?

Sí, a un animal podemos considerarlo como un hijo. Eso llama a gran escándalo entre los expertos. El escándalo consiste, parece ser, en que la gente que no puede tener hijos, por motivos biológicos o económicos, o aquellos que sí tuvieron descendencia pero algo ha salido mal, también se les niega el agarre a este mundo que proporciona, durante unos pocos años, una llamada ‘mascota’.

En esta época de ‘derechos para todos’, muchos de ellos delirantes y rocambolescos, la realidad es que a los solitarios, a los excedentes, a los perdedores, a los viejos, es decir, a lo que pronto será la mayor parte de la población, se les niega absolutamente todo: no deben tener acceso al mercado sexual, sí deben mantenerse en plena forma para causar menos gasto a la Sanidad pública (siempre está la opción de morirse en plena forma con la eutanasia activa, a la que sibilinamente se les invita), se considera que cobran demasiado por las pensiones que se han ganado con su trabajo durante toda su vida, y no pueden volcar emociones profundas en un perro o un gato, porque lo suyo es tener una parejita de niños sanos e ideales. Se considera que, si esa población no recibe ningún cariño porque todas las personas que podían darlo se han ido o han muerto, lo único digno es la resignación y contar las horas. Porque si no tienen a nadie ni nada más, tampoco se les permiten atajos contra su angustia. Deben comérsela entera. Y callados.

Pensaba que me iba a quedar conviviendo sentimentalmente sólo con la cerveza para el resto de mis días, pero, conforme va madurando mi gato a la vez que yo envejezco, he advertido con inquietud que el tiempo que he pasado con él ha desplazado a otras memorias. Que buena parte de las emociones íntimas que recuerdo de mi vida lo tenga a él como presencia fija, y el tiempo anterior a él aparezca, en gran parte, brumoso. Sí, sé que es porque un día descubrí, para mi pasmo, que un gato es el animal salvaje menos independiente que existe, que me ha entregado su dependencia, y que no le sirven sustitutos. Que sufro cada vez que salgo por la puerta, porque no sé cómo lo encontraré al volver. Que ya no viajo lo que viajaba, y si me ausento es con temor constante, porque se desconsuela y se transforma en cartón. Que lo que yo era antes se ha afantasmado, se ha transparentado y ya sólo me corporeizo en mi gato, de momento tan vivo.

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