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Opinión | Los imprescindibles

En el interior de la habitación 101

Portada de '1984', de George Orwell

Portada de '1984', de George Orwell / L.O.

El mundo se lo reparten grandes entidades estatales que luchan entre sí, pues la guerra se ha hecho crónica y ya no es imaginable la vida sin ella. No hay escapatoria posible en un mundo profundamente homogéneo en su geopolítica.

Es un planeta de gigantescos Estados territoriales en lucha mutua. Mientras estos monstruos estatalizados se destrozan entre sí, de puertas para dentro impera una férrea dictadura del miedo, de la represión. Los resortes estatales han acabado imponiendo una visión homogénea y estandarizada de la vida y del pensamiento, que es estrechamente vigilado, controlado, dirigido y manipulado. Por muy terrible e impensable que pudiera parecer, esta gigantesca maquinaria represiva ha logrado hacerse necesaria, deseada y apoyada por la gran mayoría de personas sumisas, leales al Estado. La información es tergiversada, el lenguaje es bastardeado y una peligrosa policía vela por la incondicionalidad de todos los súbditos. Su labor va más allá de las tenebrosas acciones de otras policías políticas.

Logran controlar el pensamiento y ser omnipresentes. Ante tanto desamparo en el que cualquier habitante de este moderno infierno en la Tierra queda, surge lugar para el amor incondicional, suma del afecto paternal y fraternal, encarnado en la generosa figura del Gran Hermano, líder supremo, benefactor, providente, justiciero.

Has de saber, si tienes dudas, que algún día tu pensamiento criminal se verá castigado, serás conducido hasta la habitación 101 donde te enfrentarás con tus mayores miedos, y cuando estés a punto de morir, la generosidad del Gran Hermano te hará sentir libre, dichoso y perdonado. Besarás las manos de tu verdugo con la devoción de un hijo.

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