Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La perdición

Una cabeza reducida

Ya se sabe que los aviones de antes la gente los utilizaba para traer decenas de cartones de tabaco de importación y empezar a fumárselos en el asiento del propio avión, como si, una vez ganada altura, sólo se pudiese inhalar aire a través de ininterrumpidos cigarrillos. Era un tiempo en que allí uno podía pronunciar la palabra ‘bomba’ sin que al personal de cabina se le alzase un solo pelo de la ceja. En los aviones estaba permitido todo excepto disparar sin motivo sobre la ventanilla.

Y así, gracias a ese ambiente relajado, es como de un viaje a la Amazonía unos parientes aventureros trajeron en el bolso de mano, como obsequio especial para mis padres, una cabeza humana reducida por alguna tribu reductora de cabezas, que, al parecer, con el tráfico alegal de esta clase de ‘souvenirs’ se ganaba unas perras.

En aquel tiempo era posible viajar con toda clase de carroñas por avión -si no olían demasiado-. De niño la descubrí escondida por casa, ya que mis padres, a los que no les hizo ninguna gracia, no se atrevían a tirarla por si los parientes preguntaban un día por ella. Estuvimos conviviendo bastantes años con la cabeza reducida de un señor, o señora (no logré adivinarlo) que tenía una sonrisa bastante mustia. De hecho, la boca estaba cosida, al igual que los párpados, con hilo grueso, como los que se utilizaban entonces para suturar heridas profundas sin anestesia. Era un objeto pequeño, porque lo habían cocido en hierbas una vez extraído el cráneo, y tenía el tacto y el olor terroso de una pelota de cuero viejo, rellena de tiras de madera ligera y flexible parecida al papel artesano. Si uno con ambas manos estiraba la cara, que tenía una expresión algo batracia, podía escuchar ese quejido nequívoco de unos buenos zapatos. Le caían por detrás unos pelos oscuros.

Años y años de dormir sabiendo que estaba eso por la casa. Un día indeterminado nadie la vio más, a esa cabeza reducida. Un ligero olor a cuero terroso, embarrado, se extendió muchos años más en la atmósfera de la casa, los días en que estaba previsto algo de lluvia.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

Tracking Pixel Contents