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Opinión | Pulso político

Virginia Martínez

Virginia Martínez

Diputada del Grupo Mixto en la Asamble a Regional

No hay moros en la costa… de La Mareta

Los inmigrantes que llegaron a Ceuta, en la playa del Trampolín el pasado martes.

Los inmigrantes que llegaron a Ceuta, en la playa del Trampolín el pasado martes. / EFE/Reduán

Lo que vivimos el pasado 30 de julio en Ceuta y Melilla no fue un episodio aleatorio, ni una simple crisis migratoria de verano. Fue una auténtica demostración de fuerza por parte de Marruecos. Y no, la fecha elegida no fue casualidad en absoluto: coincidió de lleno con la celebración del Día del Trono de su rey. Todo un recado diplomático empaquetado en forma de presión fronteriza. Mohamed VI le enseñó los dientes a un Gobierno de España que, para sorpresa de nadie a estas alturas, demuestra día a día su extrema debilidad internacional. Claro, cuando te dedicas a elegir sistemáticamente a los peores socios dentro y fuera de nuestras fronteras, pasa lo que pasa: que al final nadie serio en el panorama global te toma en serio.

A Rabat le resultó escandalosamente fácil alentar a decenas de miles de sus ciudadanos a lanzarse a invadir nuestro territorio. ¿El motivo? La nefasta política migratoria del Ejecutivo de Pedro Sánchez. Un modelo que lo único que proyecta hacia el exterior es un mensaje de absoluta vulnerabilidad: en España, las fronteras no se protegen y aquí es bienvenido el mundo entero. Para colmo, el mensaje que cala fuera es que a quien decide saltarse las leyes y entrar de manera ilegal se le premia con ayudas económicas, paguitas, regularizaciones exprés y, más tarde o más temprano, la nacionalización.

Seamos claros de una vez por todas: España no puede seguir siendo la guardería de África, ni el reformatorio penal de los indultados por el rey Mohamed VI. Ni hay recursos económicos para todos, ni tenemos porque sufrir la delincuencia y el crimen que acarrea dejar entrar expresidiarios de otros países. Y resulta casi cómico, por no decir trágico, comprobar cómo nuestras autoridades son infinitamente más capaces de contar meticulosamente a cada uno de los que entran ilegalmente que de poner los medios para evitar que pongan un solo pie aquí.

La actuación del país vecino fue de absoluto descaro. El Gobierno de Marruecos no solo alentó este asalto masivo, sino que colaboró de forma activa. Todos hemos visto esos vídeos donde agentes de la policía marroquí no solo permitían el paso, sino que guiaban a la masa hacia la valla. Por si fuera poco, hemos sabido que entre la multitud se colaron agentes de la inteligencia de ese país. Frente a esto, la versión oficial del Ministerio del Interior resulta ridícula. No es creíble que nuestros servicios de inteligencia no tuvieran ni la menor idea de lo que se estaba gestando, sobre todo si, según el propio Gobierno, los asaltantes se organizaron a través de las redes sociales. ¿Nuestros servicios de inteligencia no siguen las redes sociales?

La obligación sagrada e irrenunciable de cualquier gobierno decente es defender sus fronteras y proteger a sus ciudadanos. Para lograrlo, hay que ser profundamente contundentes con cualquiera que intente cruzarlas sin permiso, ya sea de forma individual o mediante asaltos colectivos organizados. Quien pretenda entrar ilegalmente en España debe saber, sin margen de duda, a qué se expone. Debe tener claro que primero tendrá que enfrentarse a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, incluyendo al Ejército si la gravedad de la situación lo requiere. Y, sobre todo, debe saber que, si logra pisar nuestro suelo, no recibirá ninguna ayuda pública, sino que será deportado de inmediato y se le prohibirá la entrada en España de por vida. Esta política debería equipararse sin fisuras en toda la Unión Europea para evitar agujeros negros.

Por su parte, el Gobierno marroquí debe recibir un mensaje tajante e implacable por parte de España y de la Unión Europea. Por alentar, por colaborar o simplemente por permitir semejante atropello, hay que suspender de inmediato todos los acuerdos económicos vigentes e imponer una batería de duras sanciones financieras, incluyendo aranceles comerciales severos. Medidas que no deberían levantarse hasta que Marruecos reconozca públicamente la plena soberanía española sobre Ceuta y Melilla y demuestre, con hechos, que es capaz de controlar la emigración ilegal. Asimismo, España debe exigir de una vez por todas que la OTAN garantice la protección explícita de todos nuestros territorios en el norte de África.

Todo lo anterior solo será posible cuando contemos con un Gobierno decente que sepa volver a ganarse el respeto del mundo occidental al que pertenecemos por derecho e historia, en vez de con un Gobierno a cuyo Presidente solo le preocupa que no haya moros en la costa… de La Mareta.

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