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Opinión | La Feliz Gobernación

Los eclipses irreversibles

Imagen de un eclipse.

Imagen de un eclipse. / Archivo

Hay toda una industria en torno al eclipse, y lo de menos son las gafas o la reserva masiva de hoteles en Soria. Al parecer, un fenómeno tan extraordinario ha alentado a los brujos y agoreros de la new age, siempre expectantes, más toda una suerte de supercheros, levitadores, espiritistas y adventistas del cuarto milenio que están haciendo con plena literalidad su agosto. La promesa es que el eclipse dará entrada a un cambio de rumbo en las civilizaciones que hará del mundo un lugar más habitable y feliz, pero para el que hay que prepararse, pues las fuerzas del mal permanecen al acecho y pretenden el inmovilismo, dejar las cosas como están y continuar rumbo al caos.

El fenómeno recuerda al de la pandemia, de la que íbamos a salir más hermanados, solidarios y conscientes de que el mundo es una entidad frágil. Sin embargo, mientras meditábamos sobre esta posibilidad durante el confinamiento, unos tipos, instalados donde menos se esperaba, el Gobierno, se forraban con las mascarillas, rescataban aerolíneas virtuales, se solazaban con hetarias y practicaban todo tipo de trapisondas, hechos que demostraban que ni aun en estado de emergencia colectiva cesa la codicia, sino que por el contrario constituye la oportunidad de revivir los pecados capitales sin el atenuante del refinamiento.

Los profetas de la nueva era, que ven la nueva luz en la oscuridad del eclipse, a tanto la sesión de doctrina, meditación y ejercicios (al menos esta vez las estafas proceden del sector privado), llegan tarde al negocio, pues otro gurú, éste convalidado por la ciencia, al menos la humanística, Daniel Innerarity, ha advertido en un artículo en El País de que hemos entrado en la fase de irreversibilidad, es decir, que el mal ya está hecho y que si acaso solo caben cuidados paliativos; que si bien la esperanza nunca se pierde, todos los males de la caja de Pandora andan sueltos: no solo el descontrol del cambio climático sino también el descrédito de la democracia, una conjunción de demoliciones de distinto signo que no tiene vuelta atrás. Y aunque la luna, tan pequeñita, sea capaz de tapar el sol, es difícil que tanto desatino humano sea capaz de ocultar el desastre.

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