Opinión | El retrovisor
Protagonistas en otros veranos

El percusionista Tote Cánovas en los inicios de los años 70. / Archivo TLM
«Sin música no hay verbena».
Tote Cánovas.
Tiene el verano a gala el ser tiempo de verbenas, festejos entrañables a la fresca del relente que se inician con la noche de San Juan. Pueblos costeros, del interior, urbanizaciones y cualquier asentamiento estival son proclives a organizar este tipo de eventos en los que no faltan los fuegos artificiales, el chocolate con churros, la elección de una reina, y sobre todo la música, que, unida a farolillos y colgaduras, crean el ambiente familiar y festivo.
José María Cánovas, más conocido por Tote Cánovas, sabe más que nadie de verbenas en esta región debido a su profesión: músico percusionista.
Desde el desaparecido Montealegre alberqueño, pasando por Cabo Roig, La Manga o Mazarrón, Tote Cánovas ha puesto la guinda musical a las noches de verano. Reconocido artista cuya vocación se inició a una edad tan temprana que coincide con sus primeros pasos, intérprete magnífico, desde el sofisticado jazz a la canción más popular.

El percusionista Tote Cánovas en los inicios de los años 70. / Archivo TLM
En las noches estivales, los grupos murcianos aliviaron con notas de alegría la canícula: Los Capicúas, Los Premiers, Los Roller Group de Juanito García Guzmán, otro virtuoso de las baquetas, Los Ases de los hermanos Guirao, Los Jollister de Pepe Garrido, Los PyP, La Orquesta Azul o la Orquesta Rusadir animaron con sus canciones los veranos de siempre, interpretando los éxitos del momento y atendiendo solícitos las peticiones de su entregado público.
Desde el Club de Regatas de La Ribera hasta la más modesta plaza de pueblo, el arte de los músicos murcianos hizo soñar a gentes hambrientas de diversión y de vida.
Cómo olvidar la belleza de las mozas proclamadas reinas o damas, el beso fugaz que dimos bailando, arrullados por aquella canción que todavía es capaz de trasladarnos en el tiempo y hacernos revivir lo vivido. Sólo la magia de la música es capaz de convertirnos en intemporales y Tote Cánovas siempre fue un maestro de ella, aunque en otros tiempos les llamáramos conjuntos y hoy se les denomine bandas.
Las inolvidables noches de jazz en la Puerta del Pozo de Stan el sueco convirtieron en todo un mito con proyección internacional a Tote Cánovas, doctor en verbenas estivales, catedrático de momentos felices y sobre todo, músico.
«En el lugar equivocado».
Manuel Fraga
En las brumas más densas del pasado siglo existió un ministro con cartera de Información y Turismo, ministerio de nuevo cuño en la época del Caudillo, que ostentaba don Manuel Fraga Iribarne. A este señor le cabe el honor de haber pasado a la historia como representante exclusivo de la citada cartera ministerial, aunque con posterioridad a él hubiera otros, que, como Sánchez Bella, también desempeñaron idéntico cargo. A Fraga se debió el nacimiento de los Paradores Nacionales, la Ley de Prensa, campañas publicitarias como «España es diferente» y otros grandes éxitos que convirtieron a España en todo un monstruo del destino turístico de medio mundo, el otro medio llegarían con Zapatero y Sánchez en patera algunos décadas más tarde.
La imagen para la historia de España del siglo XX también la puso Fraga, cuando se bañó en el Mediterráneo almeriense en zaragüelles para demostrar que no existía radioactividad tras el accidente aéreo de Palomares.

Manuel Fraga Iribarne en La Manga a finales de los años 70. / Archivo TLM
Menos conocida es la imagen que hoy les mostramos. Alguien debió de informar mal al ministro, o quizás el mismo Fraga confundiera el destino, pues apareció disfrazado de cazador perdicero.
A lo que vamos: Fraga debió de confundir La Manga con La Mancha, famosa ésta por sus cacerías de perdices, así que el hombre sorprendió a Tomás Maestre y al gobernador Soler Bans al aparecer vestido de tal guisa: sombrero tirolés, chaqueta austriaca, calzón a media rodilla; con sus correspondientes calcetas y botas de montaña. Por aquel entonces, La Manga era virgen como una doncella y se trataba de promocionarla y darla a conocer al personal ávido de sol y mar. Aquel paraíso entre dos mares, como rezaba el eslogan, se convertiría con el tiempo en una insuperable colmena de cemento.
«Reina por un verano».
María Dolores López Matencio
Aquel año de 1971, mientras el Episcopado español autorizaba la Comunión bajo las dos especies, los americanos y los del vietcong se seguían matando como perros en la jungla. Los telediarios, con tediosa rutina, a la hora del arroz o de la tortilla francesa, informaban de los bombardeos de los B-52 sobre Hanói. En la paternalista y pacífica España de Franco, en la maravillosamente rústica Torre de la Horadada, la gente se bañaba en la canícula de agosto ajena a aquel mundo conflictivo de contubernios comunistas judeo-masónicos que deparara el mayo del 68. El quiosco del Submarino vendía el cartucho de docena de gambas plancha y la caña a dos duros, y la terraza de Evaristo se llenaba cada tarde hasta la bandera. Tan cerca y tan lejos del engolado Campoamor, la vida de los jóvenes de la Torre transcurría en bicicleta y caminando calle arriba calle abajo, en chancletas. Siestas en el porche con ronquidos profundos del padre de familia y miradas complacidas de la madre a la chiquilla que limpiaba las espinillas del cogote, al capricho de la nena, al novio que prometía llegar a notario y como menos a inspector de Hacienda.

María Dolores López Matencio, nombrada Reina del Verano 1971 en la Torre de la Horadada. / Archivo TLM
Noches a la fresca y de verbena en la plaza. Pasodobles, boleros y el Te quiero, te quiero de Nino Bravo. Las patatas con ajo y el modesto castillo de fuegos artificiales, que como en la película Calabuig, a todos atemorizaba, llenando de luz y de color la noche estival, servían para que las playas vecinas se enteraran de que La Torre estaba de fiesta. Con toque de fanfarrias y redoble se anunciaba por el micrófono el momento cumbre de la noche: la elección de la Reina del Verano. Y allí, bajo los farolillos y sobre la tarima vestida con los colores nacionales, con los ojos empañados por las lágrimas, los padres y abuelitos aplaudían como posesos a la niña convertida en mujer, desatándose la emoción y aplausos de amigos y admiradores. Entre los veraneantes clásicos del lugar, como los Gómez-Fayrén, los Guillamón, los Rodríguez de Miguel o los Sánchez-Pedreño, entre otras familias de rancio apellido, hizo la aparición estelar la belleza espléndidamente dulce, frágil e inocente de María Dolores López Matencio, para los amigos Loles, que recibió con resignada timidez y sofoco la banda que la acreditaba como Reina del Verano de la Torre de la Horadada 1971.
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