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Opinión | Los imprescindibles

Venganza a la sombra de Roma

Ben Hur

Ben Hur / L. O.

Decimos que Roma es la gloria de nuestra civilización y uno de los momentos centrales en la historia de la humanidad. Roma es la luz. Divina, eterna, imborrable. Olvidamos que su poder se cimentó sobre la desgracia de los países a los que conquistaron, muchos tan antiguos, tan cultos, tan civilizados como el país al que servían las águilas imperiales. Esa grandeza romana, basada en la derrota y en la confiscación, es la que vemos en Ben Hur. La señora del mundo ha dominado también el Oriente y sobre el solar del antiguo reino de Israel ha plantado sus campamentos.

La injusticia y la ley del más poderoso son el marco general para esta historia puramente personal e individual, la de los sentimientos de odio y venganza de un inocente condenado. Obra espiritualmente heredera de El Conde de Montecristo, Wallace se complace, al igual que Dumas, en colocar una interrogación al final del camino triunfante de la civilización. Ben Hur es condenado, siendo inocente, a base de calumnias inventadas por su poderoso enemigo romano, Mesala. Mesala fue buen amigo de Ben Hur, pero una juventud en Roma le hizo cambiar, amar la fuerza, despreciar al débil y ser esclavo de la voluntad de poder. Como ya ha sacrificado su corazón a la ambición, nada le impide inmolar en el mismo altar su antiguo amor por Ben Hur y recoger los beneficios de su muerte. La ambición se disfraza de lealtad. El amigo traicionado ha de morir en galeras. Sus propiedades son confiscadas y su familia cae en desgracia.

Pero Ben Hur vuelve de la muerte, regresa con un nuevo nombre romano, y determinado a obrar sus planes de venganza. Su sed de justicia es insaciable, ni la muerte de sus enemigos la calma. Judá Ben Hur es un hombre perdido, destinado a morir en el infierno personal del rencor. Así es hasta que en su camino se cruza con Jesús de Nazaret hacia el Calvario. Wallace da así valor intemporal a su novela haciéndola entrar en la historia de la salvación del género humano. Cristo se muestra víctima de injusticias aún más crueles que las padecidas por Ben Hur. Ante los ojos del judío ansioso de más venganza obró un nuevo milagro.

Igual que limpió la lepra del rostro de tantos otros y sanó a los ciegos, curó el corazón podrido de un hombre y lo devolvió a la luz.

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