Opinión | Este humano desorden
El teatro de los niños envejecidos
«Queda una música tierna y lejana, el estigma de un tiempo en que fuimos audaces e inconscientes. Y en ese tránsito hay una pérdida que no siempre se nombra»

El teatro de los niños envejecidos / Ibrahim Yildir
«Queda una música tierna y lejana, el estigma de un tiempo en que fuimos audaces e inconscientes. Y en ese tránsito hay una pérdida que no siempre se nombra»
Hay una edad, los doce años, por ejemplo, en la que uno cree que el mundo tiene dueño y artífice y que ese dueño viste bien, es alto, bebe coñac en copa de balón, fuma con elegancia femenina, posee una hermosa voz y parece saber siempre qué estar haciendo con sus propiedades y su vida. A esa edad, para la mayoría de los adolescentes, los adultos somos como ese dueño, como ese personaje imaginario, una especie de arquitectura invencible, un edificio ignífugo, algo que nunca va a temblar.
Biografías cansadas
Luego pasa el tiempo, ese fuego lento y paciente que lo desmiente todo, y entonces ese muchacho empieza a vislumbrar las grietas y los fallos de nuestro decorado. Comienza a darse cuenta de que, más que adultos, lo que hay en realidad son biografías cansadas a veces de sí mismas, seres que han aprendido a disimular y algunas veces fingen que les gusta estar vivos, personas que han ido cubriendo su ansiedad y sus fracasos personales con capas de costumbre y normas que cumplir, y que debajo de ellos, siempre hay un debajo, todo tiene un debajo, sigue latiendo el mismo aturdimiento espiritual, la misma perplejidad y el mismo desconcierto del niño que un día fueron. Y hasta puede llegar a descubrir que el deseo no envejece, sino que se disfraza y no se va.
Se da cuenta de que los adultos aman con mucha más cautela, pero con la misma hambre que los adolescentes y, cuando miran ‘los juguetes’ del prójimo, sienten esa envidia vieja y casi infantil de no tenerlos ellos. Y aunque no lo parezca, hasta en la edad provecta, se sigue queriendo poseer lo que no se tiene como si en eso hubiese algún tipo de redención.
Los trucos del miedo
Y el miedo, ese fantasma fiel que se cierne sobre los corazones de los seres, aprende nuevos trucos. El miedo en los adultos no entra dando portazos, ya no es el monstruo bajo la cama o dentro de los armarios o el ‘muñeco diabólico’ del cine, sino el espejo al que te miras, el derrumbe que ves, lo invisible que comienzas a ser para los demás, la enfermedad, la decepción, el insomnio. El miedo se vuelve más educado y silencioso, pero a veces más profundo, más terco, más espeso. Se instala en la conciencia y hace camping en ella y ahí se queda y clava sus piolets.
El miedo con los años va aprendiendo modales y se presenta con la caligrafía culta de lo razonable. Hay miedo hasta en los ‘guasap’ y correos electrónicos que se reescriben y no se envían porque una frase podría ser demasiado verdadera y uno aprende a limar lo que siente hasta que ya no tiene filo de cuchilla de afeitar. El miedo nos vuelve expertos en traducir la cobardía a un idioma elegante que no haga daño a nadie. Y hay miedo sobre todo en el amor, en tirar de esa espita que puede traer demasiada intensidad y pérdida de control. Los adultos buscan amar como quien administra un suero gota a gota. Y también hay miedo en la felicidad, se sospecha de ella por precaución o sentimiento de culpa o de pecado. Qué absurdo puede llegar a ser que uno se proteja incluso de lo que ama y desea.
La promesa de tranquilidad
Sí, siempre hay miedo, por eso obedecemos tanto los adultos, porque en el fondo adoramos la estabilidad y que todo siga siendo tranquilo y soportable. Y esa promesa de tranquilidad es profundamente seductora a una cierta edad, porque el miedo a equivocarse es mayor que el miedo a no vivir. El miedo a perder una batalla es mayor que el miedo a emprenderla. Es el riesgo a «morir antes de estar muerto». Por eso para mí hay algo conmovedor en los pequeños actos de valentía tardía, en esas vidas que cambian de dirección cuando ya parecían fijadas para siempre, algo que me recuerda a la intemperie dulce de cuando teníamos doce años.
Tal vez por todo eso, los adultos hagamos tanto teatro, obedeciendo a esa tácita inercia que nos dicta cómo debemos existir. Cambiamos la valentía por la prudencia y el refugio. Y, sin embargo, queda en nosotros una música tierna y lejana, el estigma de un tiempo en que fuimos audaces e inconscientes. Y en ese tránsito hay toda una pérdida que no siempre se nombra, que no siempre se nombra.
Los niños lloran con toda su alma, con una pureza trascendente. Lloran y el mundo se detiene a su alrededor mientras lo hacen. Todos estamos pendientes del llanto de los niños, pero los adultos hemos aprendido a llorar todo eso en la clandestinidad, escondidos, a solas, en silencio, en el váter, por la noche, poniéndonos las manos en el rostro, como si nuestras lágrimas fueran una falta de educación y mostrarlas una derrota decisiva, un clamor de estupidez humana. Hemos convertido el llanto en un acto secreto y casi vergonzoso, cuando en realidad es lo único que todavía nos conecta con lo más auténtico de nuestra infancia. Y en verdad no hay adultos, nunca hay adultos, sino más bien niños envejecidos, curtidos de rutina y desengaño. Niños que han perdido en el camino aquella valentía sin cálculo que alguna vez tuvieron, esa manera de creer que lo imposible puede suceder de verdad en cualquier momento, esa capacidad de asombro que no pedía nunca explicaciones.
Tal vez la tarea no sea crecer, sino envejecer sin irse de aquel tiempo adorable y lleno de porvenir.
Aprender a perdonarnos
Aprender a perdonarnos. Asumir que debajo de las renuncias sigue viviendo un niño que no sabía de límites y por eso era libre e importante. Aprender que el deseo no es una debilidad, sino más bien la brújula, ¡el regalo! Y que no sirven de nada las migas de pan que dejaba en el suelo Purgarcito porque se las comerán siempre los pájaros negros que habitan en las sombras del destino.
Sí, hay que llorar, aunque sea de noche y en silencio, en el bar o sentados en el parque, que te vean llorar, porque al final, quizás, la única forma de ser verdaderos adultos consista en aceptar que no lo somos, en intentar ser siempre aquel niño que fuimos una vez, no solo para protegerlo y cuidarlo, sino para salvarlo, para que no se muera nunca y siga corriendo y perteneciendo al mundo con su alegría y su torpeza luminosas, con su fe intacta e inquieta, con su manera feroz de estar en vilo, con ese hermoso coraje existencial que casi siempre tienen y derrochan los niños.
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