Opinión | Tribuna libre
Eugenia Leonor Varea
Quiero bajarme, que pare el mundo
Quizá el verdadero progreso no consista solo en aprobar mejores leyes, sino en formar mejores personas
Consternada, aterrada, confusa e impresionada. Así me voy hoy a la cama.
Dos mujeres han sido asesinadas presuntamente por sus exparejas. Una en Asturias y otra en Murcia. Dos vidas truncadas, dos familias destrozadas y un dolor imposible de medir.
Y, una vez más, me hago la misma pregunta: ¿en qué mundo estamos viviendo?
Pienso en el sufrimiento que puede llegar a albergar una persona para convertir el amor en posesión y el rechazo en violencia. Pienso en la incapacidad de aceptar un «no», en la falta de herramientas para gestionar las emociones y en la ausencia de empatía que, en algunos casos, termina arrebatando lo más valioso que existe: la vida.
Esta noticia enlaza inevitablemente con una reflexión que ayer rondaba mi cabeza.
Mi abuela fue funcionaria de carrera y jefa de negociado en una facultad española entre los años sesenta y ochenta. No conoció leyes sobre igualdad, protocolos de prevención, planes de transparencia ni campañas permanentes de sensibilización como las que hoy existen. Y, sin embargo, siempre describía una sociedad donde, en términos generales, la educación, el respeto y el sentido del deber ocupaban un lugar importante en la convivencia diaria.
No pretendo idealizar aquella época. También existían desigualdades, silencios y situaciones profundamente injustas que nunca deberían repetirse. Los avances legislativos han sido necesarios y constituyen una conquista social que debemos preservar.
Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si, paralelamente a ese progreso jurídico, hemos descuidado algo esencial.
Vivimos rodeados de leyes, protocolos y normas que protegen derechos fundamentales, pero cada día asistimos a escenas de insultos entre compañeros de trabajo, acoso laboral, desprecio en redes sociales, agresividad en la vía pública, falta de educación, intolerancia y una preocupante normalización del «todo vale». Da la sensación de que algunos de los pilares que sostenían la convivencia se están resquebrajando.
Quizá el problema nunca fue únicamente la ausencia de leyes. Quizá el verdadero desafío sea que ninguna ley puede enseñar aquello que debería aprenderse mucho antes: el respeto, la empatía, la compasión, la responsabilidad o la capacidad de gestionar el dolor sin convertirlo en violencia.
Las leyes establecen límites y consecuencias. Pero ninguna norma puede obligar a una persona a tratar con dignidad a quien tiene delante.
La educación emocional empieza en la familia, continúa en la escuela y se consolida con el ejemplo que damos cada día. Cada gesto de respeto, cada conversación, cada límite sano y cada acto de bondad construyen una sociedad mucho antes de que intervenga un juzgado.
Cuando asesinan a una mujer, cuando un adolescente humilla a otro en redes sociales, cuando el insulto sustituye al diálogo o cuando la violencia se convierte en respuesta, el problema trasciende lo jurídico. Habla de una sociedad que necesita recuperar algo más profundo: su humanidad.
Quizá el verdadero progreso no consista solo en aprobar mejores leyes, sino en formar mejores personas.
Personas capaces de convivir con la frustración, de aceptar una ruptura sin convertirla en una condena, de discrepar sin odiar y de entender que nadie pertenece a nadie.
Porque las leyes pueden protegernos.
Pero solo los valores pueden transformarnos.
Y esta noche, mientras dos familias lloran una pérdida irreparable, no puedo evitar sentir que, por momentos… quiero bajarme, que pare el mundo.
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