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Opinión | Misa de doce

Ángel Cruz

Ángel Cruz

Director de la Filmoteca Regional

La frontera del cinismo

Migrantes en las inmediaciones del CETI, este martes en Ceuta. EFE/Reduán

Migrantes en las inmediaciones del CETI, este martes en Ceuta. EFE/Reduán / Reduán / EFE

Si todavía hay algún alma de cántaro en el Gobierno de España que aún piensa que la mayor violacion a la integridad territorial de España en los últimos años, así lo calificó el propio presidente del Gobierno, no fue orquestada bajo la batuta de Rabat y fue una casualidad debe, inmediatamente, abandonar el Ejecutivo ya que está poniendo en peligro la seguridad nacional.

Tensas, complejas. Las relaciones entre España y Marruecos no son sencillas. Son dos vecinos, dos socios condenados a entenderse en las que cualquier traspiés diplomático puede desencadenar una crisis de consecuencias difíciles de prever. Entiendo que esta debe de ser la razón por la que el Gobierno de España ha optado por atrincherarse tras una suerte de silencio administrativo, más bien diplomático, evitando llamar a consultas al embajador de Marruecos o reclamar explicaciones a la monarquía alauí, y así evitar un conflicto diplomático abierto, pese a la extraordinaria gravedad de los acontecimientos vividos en Ceuta la semana pasada.

Doctores tiene la Iglesia y supongo que nuestros diplomáticos saben mejor que nadie cuáles son los límites de una relación tan compleja como la que mantienen ambos países.

Sin embargo, una cosa es la prudencia diplomática y otra muy distinta el silencio, mirar hacia otro lado y actuar como si aquí no hubiera pasado nada. Y vaya si ha pasado. Que se lo pregunten, si no, a los ciudadanos de Ceuta. Tal vez, dada la gravedad de la situación y una vez desencadenada, la decisión más sensata fuera no intervenir para evitar males mayores, puede ser. Pero si ese fue el criterio, el Gobierno tiene la obligación de explicarlo. Y es que resulta difícil comprender cómo, pese a las reiteradas advertencias del Centro Nacional de Inteligencia, pudo verse sorprendido por unos acontecimientos de semejante magnitud.

La actitud de Marruecos es del todo reprochable. Administrar los flujos migratorios como mecanismo de coacción y presión política, utilizando a seres humanos vulnerables e inocentes, debería tener una respuesta firme y contundente por parte del Ejecutivo español, en lugar de escudarse en que la crisis se desencadenó por culpa de las redes y las mafias. Está claro que Rabat ha sabido medir y facilitar permanentemente esta ‘invasión híbrida’, contando, al menos, con la condescendencia de alguna superpotencia mundial que se autoerige en adalid de la democracia. Por cierto, qué paradoja tan cínica que quienes se presentan como defensores de la democracia se pasen por el forro cualquier principio democrático y se alineen junto a una dictadura.

La ciudadanía, Ceuta, está dando toda una lección de madurez, humanidad y solidaridad, dejando una vez más a nuestra clase política a la altura del betún. Una clase política empeñada en obtener rédito electoral a costa del drama humano. Lo digo especialmente por esa oposición tan catolicísima, de misa diaria, que parece creer que existen seres humanos de distintas categorías, olvidando, de este modo la máxima (su máxima) de que todos somos hijos de Dios y fuimos creados a su imagen y semejanza.

Cuestionar si tenemos que atender a seres humanos, a seres humanos, me parece el ejemplo más claro de que hemos fracasado como sociedad. Eso sí, el domingo a misa a escuchar que Dios es amor, todos somos iguales y que el principio de solidaridad es irrenunciable.

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