Opinión | Tribuna libre
Juan Nicolás
Otra vez, la dichosa etiqueta del cuello
«Desconozco quién cosió aquella etiqueta que terminó rozándonos la piel; seguramente por eso nadie está exento del todo»

Marcos Llorente y Ferran Torres en Ibiza / INSTAGRAM
Hay etiquetas de camisetas que apenas se notan. Otras empiezan como una molestia en la nuca y terminan ocupándolo todo. Rozan, pinchan, irritan. Uno intenta doblarlas, colocarlas, ignorarlas… hasta que acaba buscando unas tijeras. El problema nunca suele ser la prenda, sino la etiquetica.
Vivimos rodeados de etiquetas. Algunas nos las colocan antes de aprender a hablar; otras aparecen al vestirnos para movernos por el mundo. Parecen protegernos, pero son demasiado pequeñas para contener la complejidad de una vida cuya fuerza reside, precisamente, en la vulnerabilidad y la valentía de mostrarnos como somos.
Cada vez me resulta más aburrida tanta simpleza. Y, si me apuran, profundamente insultante para nuestra inteligencia. Porque decidir —y asumir la responsabilidad de hacerlo— es, en el fondo, la verdadera expresión de la libertad con la que cada persona debería construirse.
Durante años aprendí que no bastaba con ser hombre: había que demostrarlo. La masculinidad parece construirse menos desde lo que uno es que desde aquello de lo que debe diferenciarse: la feminidad.
Más simpleza. Más pobreza absurda.
No logro identificar quién confeccionó esa etiqueta que continúa rozándonos la piel, pero sí creo que contribuimos a mantenerla cosida. La fuimos cosiendo con hilo de patio de colegio, entre bromas, determinadas miradas, películas y ese sistema de vigilancia colectiva mediante el cual los niños —sí, niños con «o»— aprendemos muy pronto qué gestos pueden convertirse en motivo de burla. Es difícil construir una identidad cuando casi todas las instrucciones consisten en un «no seas así».
A veces creemos haber arrancado aquellas etiquetas. Sin embargo, hace unos días, unas imágenes de Ferran Torres y Marcos Llorente durante sus vacaciones provocaron comentarios sobre su posible orientación sexual. Una muestra de afecto volvió a convertirse en una categoría: dos futbolistas abrazándose bastaron para que algunas personas consideraran incompatible esa escena con la imagen tradicional del hombre heterosexual. Entonces comprendemos que la dichosa etiqueta sigue ahí, ya no cosida a la camiseta, sino a la memoria de un cuello educado bajo el peso de la heteronormatividad.
No sé su orientación sexual ni necesito saberla. Ese es precisamente el asunto: que, en pleno 2026, dos hombres todavía no puedan abrazarse o mostrar cariño sin que alguien sienta la necesidad de clasificarlos. Conozco bien esa vigilancia. Por ser gay, muchas veces he bajado la mirada y corregido mis gestos ante otros hombres para evitar que confundieran el afecto con el deseo, como si ser gay convirtiera a cualquier hombre en candidato y nos negara también el derecho a elegir. A fuerza de anticipar esa sospecha, uno termina pareciendo distante cuando solo intenta no ser malinterpretado.
Resulta paradójico que en un campo de fútbol los hombres puedan abrazarse, besarse, llorar y lanzarse unos sobre otros después de una victoria. Allí el afecto queda autorizado por la épica deportiva e incluso por una suerte de erotismo socialmente permitido. Pero fuera del terreno de juego, la mirada colectiva reactiva sus mecanismos de clasificación y la dichosa etiqueta regresa para recordarnos que nunca terminó de irse.
Marcos Llorente respondió con admirable serenidad que no hay nada más masculino que sentirse seguro para mostrar afecto a un amigo sin miedo al qué dirán. Ferran Torres lo respaldó; Borja Iglesias lleva tiempo denunciando esa masculinidad estrecha que convierte la ternura en sospecha. Quizá la verdadera noticia no estaba en las fotografías, sino en nuestra forma de mirarlas.
Porque el patriarcado no solo ha limitado la igualdad y la libertad de las mujeres; también ha construido para los hombres una habitación demasiado estrecha. Nos permite la fuerza y la competitividad y nos concede, sin duda, privilegios, pero sigue mirando con desconfianza la ternura y asociando el afecto entre hombres con la feminidad y, cómo no, con la homosexualidad.
Defender la igualdad también debería significar liberar a los hombres de esa vigilancia.
No es una reflexión ajena a nuestra Región. La Ley 8/2016 de igualdad social LGTBI promueve un deporte inclusivo, la educación y el cambio cultural. Quizá el Observatorio Regional debería asumir también ese reto: desmontar la idea de que el afecto entre dos hombres necesita explicación. No para negar ni ensalzar la homosexualidad, ni para tranquilizar a nadie diciendo que esos futbolistas «solo son amigos»: esa respuesta seguiría aceptando que ser confundido con un hombre gay requiere aclaración.
Y no la requiere.
La libertad no consiste en disponer de más etiquetas, sino en asumir la responsabilidad de decidir quiénes somos, aunque incomode a quienes necesitan clasificarnos. Ninguna fotografía concede a los demás ese derecho: la piel está hecha para protegernos, no para conservar las marcas que otros cosieron sobre ella.
Un hombre debería poder abrazar a otro sin que ese gesto se convierta en un interrogatorio, llorar sin disculparse y querer a sus amigos sin ocultar la ternura tras una broma o la celebración de un campeonato.
Nunca existió una única manera de ser hombre. Quizá solo heredamos una camiseta confeccionada por otros, con instrucciones demasiado rígidas y una enorme etiqueta cosida al cuello. Y algunos llevamos toda la vida intentando doblarla, colocarla o fingir que no molesta. Hasta que un día comprendemos que el problema nunca fue nuestro cuerpo ni aquella vieja camiseta.
Era, de nuevo, la dichosa etiqueta del cuello.
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