Opinión | La Feliz Gobernación
Malavenidos

La ministra de Defensa, Margarita Robles. / Jesús Hellín
Conozco de buena tinta que cuando ocasionalmente los ministros de Exteriores, Albares, y de Defensa, Robles, han de coincidir en Bruselas en reuniones de la OTAN acuden en aviones oficiales distintos porque, al parecer, Napoleonchu y La Pájara, sus nombres en clave, no mantienen lo que se dice una buena sintonía. Como también ocurre entre Robles y Marlaska, por lo que se ha escenificado estos días a propósito de la crisis de Ceuta: uno, que el Gobierno no tuvo constancia de advertencia alguna del CNI sobre los hechos que se habrían de producir; la otra, que los servicios de inteligencia hacen magníficamente bien su trabajo, o sea, que sí.
Podría sospecharse que el Gobierno no necesita enemigos, ya que se bastan entre los propios ministros. Pero esto, lejos de significar un estado de descomposición, es de lo más normal en los sistemas en que rige el hiperliderazgo. Me lo explicó una vez Valcárcel en su etapa de presidente: mejor que estén peleados entre sí y el jefe tenga que poner orden adjudicando razones a que formen piña entre ellos en oposición a lo que disponga el jefe, me vino a decir. Es una manera como otra cualquiera de gestión del personal. A Sánchez le va bien así.
La ministra de Defensa es la que más incordia, tal vez por ser la menos sanchista. Pero a Sánchez le conviene contar con avistadores de la realidad para que le lleguen los aires que les tapan los reverenciadores. Robles y Marlaska son ministros peremnes de su Gobierno, situados ambos en funciones estratégicas y complementarias, de ahí que el choque entre ellos le reporte la mejor información, pues ambos le pían sobre el otro, y esto aunque sus trifulcas trasciendan levemente a la opinión pública, ya acostumbrada a que el Gobierno esté revuelto.
Robles cumple el papel de La Buena (de ahí que Sánchez la bautizara como La Pájara) mientras Marlaska es el El Malo de la Película: acumula tantos dislates y mentiras que sería difícil de sustituir por otro tan acomodaticio, y lo ha salvado de la dimisión que alternativamente le han ido exigiendo desde la derecha y la izquierda, pues todo Gobierno ha de contar con alguien que haga el trabajo sucio, y Marlaska dispone de la antigua respetabilidad de cuando ejercía de juez. Nada ofrece mayor solidez a un Gobierno, como a las familias, que permanecer malavenido.
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