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Opinión | La Perdición

Me llegó un olor fantasmal

Me llegó un olor fantasmal.

Me llegó un olor fantasmal. / Freepik

En un colegio mayor de South Yorkshire en Inglaterra, julio de 1978, olía por las mañanas el barato líquido friegasuelos que utilizaban para limpiar los pasillos. Algo sin importancia. No tuve necesidad de olvidarlo, no había entrado en mi cabeza. Aparentemente.

Cuarenta años después me llegó violenta y exactamente el mismo aroma -exactamente- en una situación de ningún modo relacionada. Reconocí al instante cuándo lo había olido antes, qué y dónde. ¿Cómo mi mente recordaba ese olor trivial sin perder ni un matiz, cuando nada quedaba de aquel tiempo pasado y aquel niño de entonces ya no era yo, siquiera? Existen aromas fantasmales sin explicación. Los remanentes de energía humana se anuncian con un penetrante olor a mimosas, jazmines u otras flores muy dulces. Tuve una conocida que sintió en dos o tres ocasiones, decía, la presencia insistente de «rosas empolvadas» junto a ella, el anacrónico perfume de su abuela fallecida.

Sin embargo, el friegasuelos no era un olor preternatural. Sin más, me llegó a la nariz el mismo compuesto químico. La mente humana tiene potencia sobrecogedora para recordar sabores u olores, con todos los matices, aunque pase toda una vida. No así nuestra memoria visual, pobrísima. Mentirosa. Todo lo que recordamos haber visto es una elaboración posterior, un relato. Como saben todos los Gobiernos constructores de relatos, para los que nuestro pasado siempre es imprevisible.

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