Opinión | Los imprescindibles
Dos años de vacaciones: La esperanza, patrimonio de la juventud

Dos años de vacaciones. / L. O.
La historia en sí nace, crece y se desarrolla dentro del tópico más clásico y consolidado de la novela de aventuras: la catástrofe marina, el naufragio, la isla desierta y el desafío de la supervivencia, primero en lucha contra la naturaleza y después contra bandidos y agresores.
En último término es una excelente novela de formación, pero igualmente desde el tópico, pues asistimos a un interesante ejercicio de tipologías, de personajes infantiles e inocentes, que van madurando y forjando su personalidad a medida que vencen las dificultades.
Despunta, sin embargo, con una preocupación más compleja más allá de estos elementos perfectamente previsibles. Ciertamente, la obra reflexiona sobra la política y la justicia. Náufragos y abandonados a su suerte, un grupo de muchachos, casi niños, deben sobrevivir. Son nuevos Robinsones. Su primera tarea consiste en formar una pequeña sociedad, en dotarse de organización y establecer las primeras normas. En lugar de caer en el caos, en el pánico, en un penoso ‘sálvese quien pueda’ y acabar enloqueciendo en la isla cada uno por su lado, deciden organizarse. Lo hacen de manera asamblearia, eligiendo para ello un lugar resguardo, una cueva, algo así como la reproducción de un areópago arcaico, acaso una geminación del primer senado de la humanidad. Es una historia sobre los orígenes primitivos de la democracia lo que Verne ofrece aquí, y al mismo tiempo una filosofía de la Historia Universal haciendo confluir tres personajes que encarnan las tres nacionalidades más poderosas de su tiempo: un inglés competitivo, un francés espiritual y un norteamericano pragmático.
El virus de la discordia nace también en esta sociedad, amenazada por la disgregación y la lucha entre personalidades juveniles y poderosas. Solo la lucha frente al enemigo exterior, representado por los piratas, y la empresa común de la construcción de un barco para huir, consiguen conjurar las fuerzas centrífugas que amenazaban con destruir a la naciente democracia juvenil de la isla. Verne conocía bien el mundo en que vivía, las amenazas del imperialismo, los desvaríos de la voluntad de poder, y trazó en esta novela todas las amenazas y todas las esperanzas.
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