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Opinión | Las horas

De ahogados

Multitud de personas se concentran en la parte marroquí de la playa del Tarajal para intentar acceder a Ceuta. EFE / Reduan

Multitud de personas se concentran en la parte marroquí de la playa del Tarajal para intentar acceder a Ceuta. EFE / Reduan / EFE

Vienen perseguidos por la miseria y por el poniente, que en el Estrecho es un viento menos salvaje que el levante, pero su resaca agota más a las piedras, revuelve más la arena del fondo, alborota más a los pájaros blancos que vuelan a ras de espuma.

Vuelven a correr noticias de muerte. Desde El Tarajal se lanzan al agua los muchachos en búsqueda del lejanísimo sueño (ellos no lo saben, creen que está ahí cerca, a unas cuantas brazadas) de Europa, y se arrojan a las olas confiando en sus fuerzas para llegar a nado hasta nuestra ribera, allí donde Ceuta, aunque África, es ya otro continente, otro mundo, otro destino. Ahí, entre Gibraltar y el Gibel Musa, empieza (o acaba, según la perspectiva) el mar del muy de moda Ulises, que según mi adorado Álvaro Cunqueiro es santo porque inventó el remo en primavera, pero en otoño inventó el deseo de volver a casa.

Seguramente estas oleadas de miles de muchachos que quieren dejar atrás la miseria, la falta de futuro, el hambre y el miedo no han oído hablar de los hexámetros perfectos de la Odisea en los que el cíclope Polifemo, derrotado y ciego, ruega a su padre Poseidón: "¡No permitas que Ulises regrese a su patria!, pero si le está acordado volver a ver sus amigos, su casa y su patria, ¡que sea tarde y con daño, luego de haber perdido a todos sus compañeros!".

Aunque ellos no lo saben, esa vieja maldición les acompaña. No todos consiguen cruzar. No sé si hay alguien, al otro lado de frontera, allá por Bab Sebta, llorando por estos muchachos, si hay más madres vestidas de negro en la línea de la frontera, pero es lo más probable. La gente sencilla suele guardar largos lutos por los que se ahogan, pero en su dolor no acusan al mar. Mucho antes de que Federico García Lorca nos dijera que "el mar es/ el Lucifer del azul./ El cielo caído/ por querer ser la luz", antes, incluso, de que el poeta Yeats hablase de "la asesina inocencia del mar", ya la gente sabía que él, el océano, era así, salvaje y devastador, incapaz de la piedad.

Y tienen razón. El mar no es culpable. Lo es la desesperación, la pobreza, la necesidad… Es cierto que todo lo desbordan, pero es que ellos ya están desbordados, es que no tienen nada y miran hacia adelante y no ven otra salida que jugarse la vida lanzándose al agua. Creen que, como en el citado poema de Lorca, "La tierra es el probable/ paraíso perdido", y lanzan al vuelo la moneda, su única moneda (su propia vida), acaso sin reparar que, si la cosa se tuerce, con ella habrán de pagar al viejo Caronte.

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