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Opinión | LA PERDICIÓN

Las piscinas siempre fueron un asco

Una de las piscinas municipales de Murcia

Una de las piscinas municipales de Murcia / Ayto. de Murcia

El sueño americano a últimos de los años 50, cuando se inventó el turismo y el lujo democrático, era tener una piscina al aire libre. Si era de las ‘de riñón’, mejor. Eso viene perfectamente explicado en el chalé de Galapagar del matrimonio Iglesias (piscina de riñón, precisamente), en las salpicaduras silenciosas de los cuadros de Hockney o en la película El nadador, con Burt Lancaster. Sí, aquel de «la cagaste Burt Lancaster» de Hombres G. El nadador iba zambulléndose de piscina en piscina por las colinas de Hollywood tratando de seguir un itinerario acuático y no pisar el suelo.

El rayo de sol reflejado en el agua que deslumbraba al joven Dustin Hoffman en El graduado, tal vez el más recordado reflejo de sol en el agua en la historia del cine, deslumbró a toda aquella España desarrollista que acababa de salir del hambre. Deslumbramiento en el que seguimos. Pero, en realidad, las piscinas siempre han sido un asco. Antes de que se inventara el producto que coloreaba el agua si alguien se hacía pipí, y también después. Son un horror las privadas y, desde luego, las públicas. Las municipales y espesas, muy espesas. Nunca sabes lo que te puedes encontrar en ellas. Cuando no se habían inventado las luces perimetrales, bañarse de noche en aquella lobreguez húmeda era una experiencia siniestra. De niño, el agua de las piscinas sólo se renovaba si se vaciaba, al final del verano, y cuando ya estaba lo bastante usada recuerdo solía haber vasos rotos en el fondo, gusarapos retorciéndose, restos humanos. En las piscinas abiertas al público he visto cosas flotando que siguen merodeando en mi cabeza medio siglo después, como ocurre con el Mar Menor. Cuando pienso en que me pueden invitar en verano a una piscina, me pica todo el cuerpo, y no de aquel cloro que dejaba el pelo verde, color de estatua.

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