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Opinión | LA NUEVA BUTACA

La justa medida

Café.

Café. / Agencias

El café con leche que pedí hace unos días en la cafetería del Hospital Morales Meseguer terminó convirtiéndose en el punto de partida de este artículo. No era el café que suelo tomar cada mañana. Tampoco respondía a ninguno de mis pequeños rituales. Era, simplemente, una excusa para encontrar un rincón tranquilo donde poder pensar en lo que realmente me importaba en ese momento. Porque en un hospital las prioridades cambian de escala.

Siempre me ha gustado el café. Podía tomarlo a cualquier hora del día. Ese buen -o mal- hábito casi desapareció con mi primer embarazo. Y como ocurre con tantas otras cosas, descubres que también es posible vivir con menos cafeína. La clave, al final, está en la justa medida.

Casi más que el café, me fascina su aroma. Si no fuera por ese olor inconfundible, quizá nunca habría alcanzado el lugar que ocupa en nuestras vidas. Hay pocos aromas tan evocadores como el del café recién hecho. Hace unos días, la científica del CSIC y presidenta de la Red Olfativa de España, Laura López-Mascaraque, recordaba en una entrevista que «los olores evocan memorias y despiertan emociones en nuestro cerebro». El olfato es el sentido que se comunica de forma más directa con nuestra memoria y, paradójicamente, al que menos atención solemos prestar.

Frente a todos los modelos de cafeteras que existen hoy, sigo siendo fiel a la casi centenaria cafetera italiana de toda la vida. El placer comienza antes del primer sorbo, cuando el molinillo rompe el silencio de la cocina mientras tritura el grano, y termina con ese último trago que acompaña el desayuno o las horas de escritura. Son pequeños detalles cotidianos que apenas valoramos hasta que un día faltan o cambian de escenario.

Aquel café del hospital tenía poco que ver con todo eso. No era ni mejor ni peor. Simplemente era distinto. Mientras lo sostenía entre mis manos comprendí, una vez más, que hay lugares donde el ruido del mundo pierde intensidad. Fuera seguían ocupando titulares los incendios que mantienen en vilo a buena parte de España y el constante intercambio de reproches entre políticos. Allí dentro, sin embargo, todo se reducía a lo esencial.

Quizá esa sea una de las lecciones que dejan los hospitales. Cuando las prioridades cambian, casi todo admite una segunda lectura. Tal vez llegue algún día en que también la política aprenda el valor de la justa medida.

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