Opinión | Los imprescindibles
Frankestein: El corazón de la bestia es como el tuyo

Frankestein. / L. O.
El origen de Frankenstein es una hermosa leyenda romántica: la de los escritores reunidos en Suiza bajo el amparo de Lord Byron, que escribieron historias de miedo para compartirlas y hablar de ellas. En tales circunstancias nació El vampiro, de Polidori, obra notable que, sin embargo, tuvo que ceder ante el impulso de un gigante: Frankenstein, de Mary Shelley.
Prometeo, el Titán que robó el fuego a los dioses, es el héroe romántico por definición. Beethoven lo celebró como al verdadero padre de la humanidad, apoyándose en las tradiciones antiguas que hablan de su talento modelando figuras de arcilla para insuflarles vida. Shelley actualizó el mito. Había de ser un científico quien robara a Dios el secreto de la vida; el propio ser humano, amparado en su sabiduría técnica, se volvía capaz de fabricar a un semejante. Eritis sicut deus. Tal cosa es la que logra Víctor Frankenstein: un gran logro de raíces oscuras, pues la materia prima de la que nace el primer ser humano artificial son despojos de cadáveres. Nada bueno puede nacer así.
El rechazo y el asco que la criatura provoca la abocan a ser un paria, un diablo expulsado del paraíso, un ser perseguido. Su presencia se asocia inmediatamente con el mal. Rechazado por todos, emprende el camino romántico por excelencia, igual que el mismo Satán de John Milton, o como los villanos románticos de Heinrich von Kleist o Friedrich Schiller. Pero la criatura sin nombre no era originariamente malvada; su maldad es hija de su dolor. La furia y el desgarro ante el rechazo de todos —y, en primer lugar, de su creador y padre— le impulsan al homicidio.
Con el homicidio aparece la venganza y, con ella, la confrontación sin piedad entre creador y criatura, en una persecución que lleva a ambos hasta las desoladas regiones de los hielos perpetuos del norte, como el último círculo del infierno de Dante: magnífica alegoría de la soledad humana y de la esterilidad de la razón técnica. Mito de la civilización artificial e hipercientífica, el monstruo de Frankenstein no sintió la mano amiga de nadie sobre su hombro; nadie le amó. Ni siquiera tuvo un nombre.
Suscríbete para seguir leyendo
- La avería de los ascensores para bajar a la playa lleva al límite a los vecinos de Campoamor
- Los termómetros se disparan hasta los 41 grados en Mazarrón por un reventón térmico
- En directo: Real Murcia-Mazarrón FC
- Cinco heridos, tres de ellos menores, en un accidente de tráfico en Torre Pacheco
- Libertad para el militar que rompió la mandíbula a un policía en La Azohía
- La Región de Murcia volverá a competir este lunes en el Grand Prix 17 años después
- Del monte a la laguna: el plan de 281 millones para salvar el Mar Menor
- El zapatero que asesinó a su ex en el Carrefour Infante de Murcia, cambiado de módulo en la cárcel y con un 'preso sombra'
