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Opinión | +MUJERES

Cuando el patriarcado también calienta el planeta

Imagen de archivo de un incendio forestal.

Imagen de archivo de un incendio forestal. / EFE

A Casandra, según cuenta la mitología griega, Apolo le concedió el don de predecir el futuro. Pero cuando ella rechazó sus deseos, el dios la condenó a una maldición terrible: seguiría viendo lo que estaba por ocurrir, pero nadie creería jamás sus advertencias.

Casandra sabía que Troya sería destruida. Lo anunció. Insistió. Advirtió de que el caballo que los griegos habían dejado ante las puertas de la ciudad no era un regalo, sino una trampa. Nadie la escuchó. La historia terminó como ella había predicho.

Hay algo profundamente contemporáneo en el mito de Casandra. Porque también nosotros llevamos décadas escuchando advertencias que preferimos ignorar.

Este verano, una vez más, las temperaturas extremas vuelven a marcar la actualidad en buena parte de Europa. Las olas de calor se suceden con una frecuencia, una duración y una intensidad que habrían parecido excepcionales hace apenas unas décadas. Las noches tropicales están dejando de ser una rareza. El calor extremo se ha convertido en un problema de salud pública y los incendios forestales, que encuentran condiciones cada vez más favorables para propagarse, son, además, más virulentos. Mientras escribimos, distintas zonas de nuestro territorio y de nuestro planeta se enfrentan a incendios que arrasan bosques, amenazan poblaciones y obligan a miles de personas a abandonar sus hogares, además de acabar con los paisajes y la biodiversidad que albergan.

Y mientras todo esto ocurre, seguimos discutiendo sobre la existencia de algo que ya es real.

No se trata de un episodio aislado. Es algo que la comunidad científica lleva décadas describiendo con enorme precisión. Los informes del IPCC han sido claros, rigurosos y extraordinariamente prudentes. Mientras el conocimiento científico se hacía cada vez más sólido, demasiados gobiernos siguen aplazando decisiones incómodas y determinados sectores económicos continúan obteniendo enormes beneficios de un modelo basado en el crecimiento ilimitado y en la explotación intensiva de los combustibles fósiles.

Nadie puede decir que no hemos sido advertidos. Y, a pesar de todo, seguimos actuando como si todavía hubiera tiempo.

La pregunta ya no es si el cambio climático existe ni cuáles son sus causas, porque la evidencia demuestra que ya está ocurriendo. La verdadera cuestión es por qué seguimos reaccionando con tanta lentitud. Por qué, cuando las consecuencias empiezan a ser visibles en nuestros propios territorios, seguimos encontrando razones para posponer las decisiones necesarias.

La respuesta no está solo en la climatología. También está en la política, en la economía. Y, sobre todo, en la forma en que hemos construido nuestra idea de progreso.

Porque el cambio climático no es solo una crisis ambiental. Es el síntoma de una manera de entender el mundo. Una cultura que ha celebrado durante siglos la conquista más que el cuidado, la explotación más que la conservación, el crecimiento más que los límites y la competencia más que la cooperación.

Desde hace décadas, el ecofeminismo viene señalando la conexión que existe entre la explotación de la naturaleza y la subordinación histórica de las mujeres. No son procesos independientes; al contrario, comparten una misma lógica de dominación.

El mismo modelo que ha tratado la naturaleza como una fuente inagotable de recursos ha considerado también los cuidados como un trabajo invisible, la vulnerabilidad como una debilidad y la dependencia como un fracaso. Sin embargo, nada de lo que sostiene la vida responde a esa lógica. Ni los ecosistemas, ni las personas.

El cambio climático cuestiona uno de los grandes mitos del capitalismo contemporáneo: la idea de que el crecimiento económico puede ser infinito en un planeta con recursos finitos. Nos obliga a preguntarnos quién obtiene beneficios mientras aumentan las emisiones, quién financia la desinformación climática, quién retrasa las decisiones imprescindibles y quién convierte el miedo al cambio en una rentable estrategia política y económica.

En ese contexto, una adolescente sueca consiguió hacer algo que muy pocos habían logrado. Greta Thunberg no descubrió el cambio climático ni formuló nuevas teorías científicas. Pero hizo algo mucho más incómodo para el poder: convirtió décadas de consenso científico en una exigencia política. No pidió milagros ni propuso utopías inalcanzables. Solo pidió que quienes gobernaban escucharan a la ciencia y actuaran en consecuencia.

Y la respuesta que obtuvo fue reveladora. No se discutieron sus argumentos. Se discutió su legitimidad para formularlos. Se la cuestionó por su edad, por su aspecto físico, por su condición de mujer joven, por su autismo.

Con demasiada frecuencia, cuando quien cuestiona intereses muy poderosos es una mujer, resulta más sencillo desacreditar a la mensajera que enfrentarse al mensaje.

Greta Thunberg no ha sido una excepción. La machosfera y los movimientos reaccionarios han encontrado en las mujeres que denuncian la emergencia climática y este modelo de desarrollo, uno de sus objetivos preferentes. No porque sus argumentos sean más débiles, sino porque cuestionan un modelo de poder que durante demasiado tiempo se ha presentado como el único posible.

Y ahí aparece otra conexión que tampoco parece casual. Los mismos sectores que banalizan la violencia machista, ridiculizan el feminismo o cuestionan las políticas de igualdad son, con frecuencia, quienes presentan la emergencia climática como una exageración ideológica, desacreditan a la comunidad científica o convierten cualquier política ambiental en un supuesto ataque a la libertad. No siempre coinciden las personas. Sí coincide, con demasiada frecuencia, la cultura política que representan.

También en España asistimos a esta deriva. Mientras avanzan las energías renovables y se desarrollan políticas de adaptación, también crecen los discursos que trivializan la emergencia climática, presentan la ciencia como una opinión más y alimentan la desconfianza hacia quienes llevan décadas estudiando el problema. La evidencia científica acaba discutiéndose como si fuera un eslogan. Los bulos circulan con más rapidez que los datos. Y, mientras discutimos, el calor sigue avanzando y el territorio sigue ardiendo. Cada verano convivimos con nuevas imágenes de bosques carbonizados y pueblos arrasados por el fuego.

El patriarcado no calienta el planeta porque los hombres contaminen más que las mujeres. Lo calienta porque convierte el dominio en un valor y los cuidados en una debilidad. Porque identifica el éxito con el crecimiento ilimitado, aunque ese crecimiento destruya los sistemas que sostienen la vida, y porque entiende la naturaleza como un territorio que conquistar y no como el hogar común que habitamos todas las criaturas del planeta y que debemos preservar.

Enfrentarse a la emergencia climática exige reducir emisiones, abandonar los combustibles fósiles, proteger la biodiversidad y acelerar la transición ecológica. Pero, ante todo, también exige revisar la cultura del poder que nos ha traído hasta aquí. Una cultura que sigue creyendo que todo puede explotarse, que todo tiene un precio y que siempre habrá alguien —la naturaleza, las mujeres o las generaciones futuras— dispuesto a pagar la factura.

Greta Thunberg, a diferencia de Casandra, nunca pidió que creyéramos en ella. Pidió que escucháramos a la ciencia y la respuesta que recibió ha demostrado hasta qué punto algunos prefieren desacreditar a quien cuestiona el poder antes que cuestionarlo. El problema no es que no haya advertencias. El problema es que hemos decidido no escuchar a quien las pronuncia.

Las olas de calor seguirán llegando, ya nos lo avisan los científicos, y los incendios nos seguirán poniendo a prueba, a nosotros, a nuestros bosques y a nuestros territorios. La cuestión ya no es si sabemos lo que está ocurriendo, sino si tendremos el coraje de cambiar no solo nuestro modelo energético, sino también la cultura que lo hizo posible.

Porque esa cultura también tiene nombre. Y se llama patriarcado.

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