Opinión | Tribuna libre
Pedro María Egea Bruno
La Manga no fue un milagro, fue un laboratorio
El ensayo histórico de José Luis Domínguez demuestra que el colapso del Mar Menor no es fruto del azar ni de hace cuatro días, sino de decisiones políticas y económicas muy concretas tomadas ya durante el franquismo y agravadas en democracia
Cuando José Luis Domínguez me pidió prologar por segunda vez su detallada investigación sobre la urbanización de La Manga del Mar Menor, acepté de inmediato.
Hay pocos trabajos tan rigurosos sobre nuestro pasado reciente y ninguno que explique con tanta precisión cómo una lengua de arena despoblada y sin valor agrícola se convirtió, en apenas tres décadas, en uno de los centros turísticos más emblemáticos y a la vez más problemáticos del Mediterráneo español.
No estamos ante una crónica urbanística más. Es una investigación exhaustiva, apoyada en un archivo documental impresionante, gran parte inédito, que reconstruye paso a paso y solo con datos (sin interpretaciones) el proceso.
Y lo hace sin caer en los dos mitos habituales. Tomás Maestre Aznar no emerge aquí como el visionario que quiso vender la propaganda del régimen ni como el especulador caricaturesco culpable de todo los males que ha dibujado cierta crítica posterior. Domínguez lo sitúa como un hábil intermediario entre tres fuerzas que confluyeron en España en los años sesenta: el capitalismo desarrollista internacional, que buscaba nuevos y dóciles mercados; un franquismo tardío, necesitado de legitimarse con crecimiento económico tras la fallida autarquía; y una burguesía local ya depurada dispuesta a aprovechar la coyuntura.
Porque el verdadero protagonista no es Maestre. Es el territorio.
Lo que demuestra este ensayo histórico es que La Manga no fue más que uno de los laboratorios del modelo turístico español. Un experimento de ingeniería social y económica diseñado en los despachos de los tecnócratas del Opus Dei en los cincuenta, financiado con capital extranjero (sobre todo norteamericano, de donde salió esa idea general de hacer Planes de Desarrollo en muchos países), ejecutado por empresarios locales bien conectados con el poder, y vendido a la opinión pública con una retórica de modernización y progreso que ocultaba (y sigue ocultando) sus costes reales.
Esos costes existieron desde el primer día y el libro los documenta. Las expropiaciones forzosas, los vínculos políticos y militares sin los cuales el proyecto no habría salido adelante, el entramado de empresas instrumentales creadas únicamente para captar subvenciones estatales con triquiñuelas propias de la picaresca hispana, los conflictos laborales silenciados y, sobre todo, un impacto ambiental que ya entonces se intuía y que se decidió ignorar deliberadamente en nombre del beneficio inmediato (construcción de emisarios para verter al mar los residuos, explotación de acuíferos hasta su agotamiento, importación de estériles mineros contaminados para la colmatación de enormes terrenos…).
Uno de los grandes aciertos de Domínguez es sacar a La Manga del localismo. No fue una idea original murciana ni obra de un genio, fue parte de la integración de España en una economía capitalista occidental sin mucho interés por democratizar nuestro país. Los Planes de Desarrollo, que el régimen presentó como propios, eran en realidad la adaptación española de modelos diseñados en Washington dentro de la estrategia de la Guerra Fría para asegurar mercados frente al bloque soviético.
El libro también explica cómo se traicionó la idea inicial. El proyecto de Antonio Bonet Castellana, inspirado en los principios de Le Corbusier, planteaba una ciudad moderna, equilibrada y con núcleos autosuficientes separados por zonas verdes. La presión especulativa y la obsesión por equilibrar la desastrosa Balanza de Pagos lo fue desvirtuando hasta convertirlo en lo que hoy vemos: una muralla continua de cemento de baja calidad que estrangula el frágil ecosistema del Mar Menor.
Y aquí está la parte más incómoda y más necesaria. Domínguez no se detiene en el auge. Sigue la historia hasta el declive. El fin de las subvenciones con la llegada de la democracia con la desaparición de los Planes de Desarrollo, la proliferación de promotoras sin proyecto colectivo solo creadas por unos cuantos avispados empresarios para ganar dinero fácil con la construcción, la creación de un lobby empresarial, el Club Costa Cálida, para bloquear cualquier regulación ambiental en los ochenta, el frustrado intento de segregación municipal en los noventa y, finalmente, el colapso ecológico que hemos presenciado en los últimos años.
Por eso, este libro llega en el momento justo. Mientras el Mar Menor agoniza por décadas de mala planificación, contaminación urbana, agrícola e industrial y dejadez administrativa, conviene recordar que no estamos ante una fatalidad natural.
Es el resultado de decisiones conscientes, tomadas por actores concretos, con nombres y apellidos, amparados por un entramado político y económico.
Hay un último mérito que quiero destacar. Domínguez rescata también del olvido a quienes materialmente levantaron La Manga y que también merecen reconocimiento y homenaje: los peones de Salinera Catalana, los trabajadores de las obras, los empleados de los primeros hoteles… sus nombres, recuperados de documentación original e inédita de la época, nos recuerda que detrás de cada gran operación especulativa hay siempre trabajo, esfuerzo, familias y vidas concretas que acabaron asentándose y «haciendo pueblo».
Estamos, en definitiva, ante una historia rigurosa, bien documentada y muy bien narrada. No solo explica La Manga, explica cómo se transformó todo el litoral mediterráneo durante el desarrollismo franquista y por qué sufrimos hoy sus consecuencias.
Es un libro necesario. Incómodo quizás para algunos, pero imprescindible para cualquiera que quiera entender, sin coartadas, cómo hemos llegado hasta aquí.
*Adaptación del prólogo del libro La Manga del Mar Menor: principales proyectos y estructura societaria, de José Luis Domínguez (Bubok Publishing, 2026).
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