Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | LA PERDICIÓN

Para leer eso, mejor no leer

Para leer eso, mejor no leer

Para leer eso, mejor no leer / ShutterStock

La gente ha oído que, si no tiene muchos libros a la vista en su casa, no puede enseñarla a las visitas. Sienten que es algo vergonzante, como esos ‘selfies’ de cuarto de baño que se publican en redes sociales donde detrás asoma la fregona. Cuando llego por primera vez a domicilios desconocidos, sus anfitriones se sienten en la obligación de darme las más rocambolescas explicaciones sin yo pedirlas sobre las ausencias en sus estanterías. No sea que yo pueda pensar que en esa casa se lee poco. «Es que pintamos las paredes hace dos años y los libros los tenemos en un trastero, a ver si nos animamos a ponerlos». Que es como en aquellas casas del desarrollismo que se compraban al peso, con hileras de enciclopedias a juego con las cortinas. Cuando te recibían en los pisos burgueses siempre trataban de tranquilizar con aquello de «es que los libros para llenar el salón los compramos ayer, los traen esta tarde». Como si a estas alturas importara si en las casas se lee o no. Mejor que no, cuando veo el pelaje de los lomos con los que se ilustra el ‘mainstream’. El falso prestigio de hacer pensar a las visitas que se ha abierto algún libro en la vida era, ya hace cuarenta años, un quiero y no puedo, como poner aquellas lámparas de araña en los techos bajos de los pisos subvencionados por el Instituto Nacional de la Vivienda. Schopenhauer aconsejaba no acumular más libros de los que uno puede digerir (tan pocos) y Bach, a su muerte, tenía una biblioteca tan exquisita como breve. La mayoría de la gente, más bien primaria, no debería tener ni un libro en casa. La cultura se mide no por los libros que se muestran sino por los que se tiran, cuando se caen de las manos tras quince minutos de lectura de cortesía. Casi todo lo que se publica.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents