Opinión | PAN PARA HOY
Cronista taurino
Prohibido amar en Cabo de Palos

El faro de Cabo de Palos en una imagen de archivo / Iván Urquízar / LMU
Hay noches en las que el calor te aplasta y sientes que el bochorno, su hijo bastardo, oculto en la oscuridad, te estrangula contra la cama y te va rociando con el chup-chup del barbero.
Una de esas noches insoportables inicié mi migración doméstica: redoblé la apuesta y traje otro ventilador para ver si soplando al alimón burlaban al calor; de ahí al sofá de la cocina —donde hay aire acondicionado, pero la vida empieza demasiado temprano— y, finalmente, a la sala de estar. Como está climatizada y nadie me molesta, he plantado el colchón como una pica en Flandes. También tiene algo de soldadesca, pues la cama en el suelo le da un aspecto espartano de piso franco o escondite. Me encuentro una foto de Cubarsí y sus amigos despachándose un arroz, y viendo sus rostros aniñados, se me escapa la vida entre las manos. Hasta los mosquitos, de quienes fui otrora muy amado, me dejan por sangre más joven.
Pese al atentado climático, aún merece la pena dejar las comodidades del hogar en busca de gloria. Cenar fuera o tomar un helado se convierte hoy en una empresa heroica. Al calor hay que sumarle la peregrinación de la charca a sus lugares sagrados. Para tomar un simple cucurucho hemos de aguardar pacientemente a que se consume el desprecio al turrón de quienes piden una tarrina de pistacho white double lotus y demás sucedáneos con los que Tarzán buscaba piso en Alcobendas. Si lo pidiesen en cucurucho tendrían perdón, exculpados por el barquillo redentor, pero prefieren combinarlo con un sabroso y oportuno gusto a cartón.
El faro de Cabo de Palos vigila un pueblo que, cuentan, alguna vez fue de pescadores. Él ha sido testigo de las primeras palabritas de amor de las parejas estacionales; seguro que lleva una lista mental y se acuerda de aquellos que tanto prometieron y hoy ni se saludan. Habituado a la desmemoria ajena, se ríe y sigue dando vueltas.
Este verano, el entorno del faro padece reformas. Unas obras menores impiden el acceso a los poquísimos rincones donde sentarse a mirar el mar. La otra noche, sin embargo, una pareja muy sufrida había escalado hasta lo alto desafiando vallas y burócratas. El amor siempre es más listo que los aburridos gobernantes y dio valentía a los jóvenes para aguantar la incomodidad de la postura: ella permanecía sentada sobre un murete mientras él apoyaba la cabeza en sus piernas, escorzado en pose de retortijón, pero de retortijón amoroso. Solo falta la señal: «Prohibido amar en Cabo de Palos». Aunque a ellos poco les importa: no hay ordenanza municipal ni hernia discal que los vaya a detener. Y si amar es su delito, ellos mismos se conceden la amnistía.
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