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Opinión | Pasado a limpio

Hipótesis, antítesis y prótesis

Un hombre observa uno de los pinares arrasados por el incendio de Burgohondo, en Ávila

Un hombre observa uno de los pinares arrasados por el incendio de Burgohondo, en Ávila / Raúl Sanchidrián

La fascinación por los dinosaurios es común entre los chavales. Qué decir de la incógnita de su desaparición. Cómo unos seres tan enormes y poderosos, que llegaron a dominar sobre otras especies vivientes, pudieron extinguirse sin prácticamente dejar apenas rastro. Conocemos cientos de especies de saurios, hay abundante información sobre sus poderosas armas, sobre su alimentación y hasta su comportamiento, lo que hace más curiosa la incertidumbre sobre su extinción. La hipótesis más probable es la caída de un meteorito en las proximidades de la península del Yucatán, pero no se puede descartar la actividad volcánica en un intervalo de tiempo muy parecido. Pero los tiempos geológicos no son muy precisos. Hay evidencias científicas de la caída del asteroide, pero también de las erupciones volcánicas en la India hace aproximadamente unos 65 millones de años. No fueron las únicas supererupciones, porque hace unos 200 millones de años, a finales del Triásico, hay evidencias de actividad volcánica en el Atlántico Central que extinguieron casi toda la vida sobre el planeta.

La investigación de estos acontecimientos es prolífica, pero hablamos de hipótesis, estudios que trabajan sobre suposiciones, tratando de construir relatos coherentes y acordes con las evidencias científicas halladas. Claro que siempre habrá algún lumbreras que diga que fueron los extraterrestres, pero ya no hablamos de ciencia, ni de hipótesis, sino de lucubraciones fantasiosas que denotan una insuficiencia científica, cuando no intelectual.

Vayamos al caso concreto de los incendios forestales que asolan la península. En los medios de comunicación, pero también en las redes, se formulan teorías sobre las causas y las concausas. Los expertos, con más o menos diferencias puntuales, suelen coincidir en el abandono del medio rural, las carencias en la gestión forestal durante todo el año, la acumulación de combustible que no se limpia, etc. Pero no podemos olvidar algunas concausas tan evidentes como los propios fuegos, en cuya categorización hemos alcanzado la quinta y sexta generaciones, que implican turbulencias meteorológicas propias, capaces de expandir el fuego a kilómetros de distancia con materiales incandescentes. Y desde luego, el cambio climático, pero es aquí donde surgen algunas teorías peregrinas.

Para algunos, ciertamente los menos científicos, el cambio climático es un invento de la izquierda ‘woke’: siempre ha hecho calor en verano, dicen algunos lugareños. Pero esto no es una hipótesis para explicar la frecuencia de las olas de calor, ni el incremento de la temperatura media tanto en la geografía terrestre como en los mares y océanos, datos objetivos y contrastables de los que podemos colegir algunas consecuencias nefastas: la pérdida de superficie helada en los polos, el derretimiento de los glaciares o de la capa de permafrost y el aumento del nivel del mar visible en determinados archipiélagos. Los negacionistas dicen que siempre ha habido cambios climáticos, pero lo que su agudeza científica no les permite deducir es que esas transformaciones se han producido en periodos de miles de años.

Que la acción humana ha producido y acelerado cambios en el clima es hoy tan evidente como las nuevas tecnologías. El consumo energético de una gran ciudad o el de las redes sociales nos sitúan en magnitudes colosales, pero lo consumirá la IA es de risa comparado con los consumos energéticos de este verano. No digamos la energía que consume y produce el armamento moderno en plena acción bélica.

Sin embargo, para un partido como Vox, todo es fruto del fanatismo climático del gobierno, que llegan a calificar de terrorismo en una suerte de paranoia semántica o esquizofrenia social, según se mire. Discutir semejantes tesis acientíficas es un ejercicio inútil, contra esa cerrazón mental no se puede razonar. Lo suyo no son hipótesis, ni antítesis, que exigirían una capacidad argumentativa, son prótesis, semejantes a las que llevan ciertos equinos para no ver más que aquello que tienen delante; no son suposiciones, sino supositorios ideológicos.

Pero el futuro (y el presente) político de este país pasa por ellos, porque para el PP de Feijoo y Ayuso, son sus aliados naturales. Por eso se ponen la venda delante de los ojos. «Cada uno lleva gobernando el tiempo que lleva gobernando y es responsable de lo que hace y de lo que no hace», dice Feijoo, en un alarde lingüístico propio de M. Rajoy. Pero sus acólitos ya han dejado caer «que el clima cambia es algo que lleva pasando durante la historia de la humanidad». Ahí se han pillado un poco los dedos, porque la humanidad lleva relativamente poco en el planeta.

El argumento para evitar un pacto con el gobierno sobre la prevención de incendios es bastante incoherente. Especialmente si tenemos en cuenta que las competencias sobre prevención de incendios, protección civil y emergencias, medio ambiente, montes, gestión y limpieza de montes públicos y privados, ordenación del territorio y algunas otras sobre protección del medio rural, ganadería, pesca y agricultura, son propias de las comunidades autónomas y que la competencia del Estado está muy limitada en tales materias, porque, según la Constitución y los estatutos de autonomía, casi todas ellas son competencias exclusivas de las comunidades. Pero hablar de leyes y competencias no está en la agenda de determinados líderes políticos carentes de una mínima visión de Estado más allá de su simple y descarnada ambición de poder.

Deberíamos apelar al espíritu futbolístico de Luis de la Fuente: juntos somos mejores, pero me temo que sea mucho pedir para lo que tenemos.

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