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Opinión | Los imprescindibles

Ilíada: La cólera y los muertos

Ilíada.

Ilíada. / L. O.

Tristemente, la primera obra de la literatura europea es una epopeya consagrada a la guerra. Es, además, un poema insuperable que el tiempo no ha podido cubrir de moho, ni oxidar, ni apartar de nuestras conciencias. Este antiguo poema guerrero, pariente innegable de los cantares orales de los bardos, fue concebido por un solo autor: alguien a quien la tradición llamó Homero. Los hombres de la Antigüedad reverenciaron la Ilíada hasta el extremo; se estudiaba en las escuelas, se aprendía de memoria y se citaba en cada momento de la vida, al punto que los eruditos vieron en su autor al primer filósofo, al primer historiador y al primer trágico.

Troya sucumbe y, con ella, todos los habitantes que no fueron sometidos a la esclavitud. La actitud de Homero ante la guerra es ambivalente. No la glorifica, muestra su miseria. Pero los esforzados guerreros brillan. En ella contrapone las dos figuras más puras de la literatura de todos los tiempos. Por un lado, el joven y hermoso Aquiles, un ser que excede toda medida y que, haga lo que haga en la contienda, a buen seguro alcanzará la inmortalidad. Un destino terrible pesa sobre él: la muerte le está mirando desde los muros de Troya, una muerte que acepta poniendo sus ojos en la gloria futura del valor, el tributo que naciones y lenguas aún no nacidas le iban a brindar con el paso de los siglos. Aquiles es un héroe por nacimiento, por naturaleza.

Su oponente no es menos heroico, pero su condición no es la virtud innata que le lleva a equipararse a los dioses. Héctor es héroe por deber, por amor a su patria, a sus dioses y a su familia. Ambos son dos caras de la misma moneda, la moneda del valor más puro.

Son, asimismo, el rostro de la tragedia: mutuamente excluyentes, enemigos irreconciliables y eternamente juntos mientras duren los siglos y se recuerde el destino de Ilion.

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