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Opinión | Los imprescindibles

Una voz en la oscuridad

Marianela, obra de Benito Pérez Galdós.

Marianela, obra de Benito Pérez Galdós. / L.O.

Marianela es un ser de la naturaleza; crece en ella, abandonada, sin familia, huérfana. Trabaja explotada, como otros niños, en un poblado minero. Rodeada de oscuridad y de ignorancia, su única felicidad consiste en hacer de lazarillo para Pablo, un joven ciego de nacimiento al que ama y que la ama. Es un amor estrictamente inocente; un amor que no necesita de instrucción ni de conocimientos; un amor que se da entre las almas, no entre las mentes. Marianela ni siquiera sabe la fecha de su nacimiento. Cree escuchar la voz de su madre en el interior de la tierra, entre las corrientes de un río subterráneo. Ella representa la infancia de la humanidad: una edad en que el mito y la realidad eran la misma cosa, un tiempo en el que la muerte llegaba como un sueño, en la juventud de un mundo donde los animales y los hombres compartían una misma esencia.

La curación del ciego es un logro de la medicina moderna. El progreso, la higiene y las doctrinas sociales llegan también a aquel rincón. Paradójicamente, será ese mismo progreso el que provocará la muerte de Marianela, sumiéndola en la tristeza más profunda al comprender que Pablo, al verla tal y como es —fea, pobre, flacucha—, ya no la amará más. Él terminará inclinándose por el orden social al que realmente pertenece. No volverá al mundo de las cuevas, de los idilios campestres ni de las voces misteriosas cuyo eco se percibe en las paredes de grutas jamás frecuentadas por alma humana. No; Pablo regresa al gran mundo, al de las casas levantadas con ladrillo, al mundo de la ciencia y de los médicos que operan milagros desde la razón y no desde la superstición. Pablo recupera la vista, descubre la inteligencia de las cosas y, aun permaneciendo bueno, ya no puede amar a Marianela. Antoine de Saint-Exupéry lo dijo: «Lo esencial es invisible a los ojos».

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