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Opinión | Los imprescindibles

Una postal desde Manderley

Rebecca de Daphne du Maurier.

Rebecca de Daphne du Maurier. / L. O.

Hay amores eternos que son, en realidad, cosa de tres. El triste y melancólico señor De Winter se ha casado en segundas nupcias con una mujer cuyo nombre no recordaremos jamás, porque quizá ni siquiera haya llegado a pronunciarse. Parecen muy felices, ella es joven y él es un hombre en su primera madurez; sin embargo, la sombra de un recuerdo oscurece sus vidas. Esa sombra es Rebecca, la primera señora De Winter.

Fallecida hace algún tiempo, su presencia no acaba de abandonar los muros de la residencia familiar, el maravilloso Manderley, que, por desgracia para todos, se ha convertido en una especie de casa encantada visitada por su espíritu. Ella es como un fantasma que se resiste a abandonar este mundo hasta que no consiga llevarse consigo al hombre al que ama, acechando para ello a su nueva esposa: aquella advenediza sin nombre, la usurpadora de su lecho.

Rebecca tenía todo para ser una novela gótica en la tradición más estricta; nadie negará su aire de familia con Cumbres borrascosas. Pero Rebecca no es un fantasma conjurado por la tenebrosa y brujeril ama de llaves. Es una presencia malvada, sí, pero su maldad nació en este mundo, y su muerte no ha hecho más que acrecentar el abanico de dolor que logró extender en vida. Toda la historia es una lucha del amor -el amor encarnado en la nueva pareja- por liberarse de la agobiante carga del pasado, de los celos, de la culpa y del remordimiento. La novela es la historia de una lucha por la liberación, por la emancipación de los hechos que nos encadenan a la oscuridad.

Rebecca está presente en sus muebles, en sus vestidos, grabada en el iris de sus amantes o de su leal doncella; ha infectado la casa. La única vía para exorcizar su funesto recuerdo es la ruptura total, la liberación del hechizo y, forzosamente con ello, la misma destrucción de Manderley. Sus ruinas presiden las primeras líneas de la novela, como si fueran las de un castillo embrujado. Pero entre las ruinas solo hay sombras y muerte. La vida y la luz pertenecen a los amantes, y ellos ya no están allí.

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