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Opinión | Las fuerzas del mal

Oh, Ferran

Oh, Ferran! Torres llevaba en su gorra rojo Trump con un 'Make Spain great again'. Le corrijo el tiempo verbal y así la ironía hubiera sido visible. Un 'Making Spain great again' habría sido el pretendido guantazo a Trump y a una idea que considera que las fans de La Roja —gays y girls—, Lamine Yamal o Nico Williams son personas de segunda categoría

La selección celebra el triunfo en el Mundial.

La selección celebra el triunfo en el Mundial. / EFE

¡Oh, Ferran! Torres nos entró en los ojos por guapo y se quedó en nuestros corazones por el gol de la final, el único válido de los tres que hubo. El partido estaba tan bronco que Williams pudo cabecear a placer solo porque un jugador argentino lo empujó hacia adelante para que no atacara, situándolo exactamente donde llegaba la bola, haciendo que el bilbaíno la cabeceara a donde ¡Oh, Ferran! Torres pudo llegar con la zurda y conseguir la imagen para la historia. Que a mí no me gusta el fútbol, pero me he visto el gol, como todos ustedes, veinte veces. Igual que el de Iniesta, va a ser uno, conspicuo y encontradizo, en cada memoria que se haga del fútbol patrio. Curioso que no tengamos en la retina los goles del Mundial femenino y, sin embargo, sí lo identifiquemos con el beso agresión de Rubiales a Jenni Hermoso.

Este Mundial donde han interactuado más los gays y las girls nos ha dejado, efectivamente, el audio de "¡Oh, Ferran! ¡Oh, Ferran!" y otras cosas divertidísimas, principalmente en inglés. ¿Se puede intervenir en un espacio claramente heterosexual, bastante machista y bastante homófobo, el del fútbol profesional masculino? Pues sí. ¿Se puede lanzar una mirada irreverente sobre un deporte que se toma, él mismo, demasiado en serio y cuyos alrededores cosifican, clasifican, encajonan y encuadran a los que no son como ellos? Sin duda. El uso de la ironía apropiándose de esas mismas armas y creando una conversación sobre el universo del balompié a la que los mismos jugadores se han sumado al final agrieta más el mundo pretendidamente heroico, pretendidamente hermético que llevaba tiempo resquebrajándose. Desde el escándalo de la belleza de David Beckham, que hizo permisibles las diademas y la crema hidratante en un deporte que olía a cerrado, solo estamos en el camino de una hermosura decadente en la que los hombres, también los de verdad, se permiten no solo ir al peluquero a que te aconseje un mejor peinado y tener una skincare de nueve pasos, sino también conectar con sus emociones sin temor a quedar como nenazas frente a sus colegas.

La selección de fútbol nos ha regalado un autobús descamisado lleno de orgullo rojigualda por la copa donde se han abrazado, se han besado de mentirijillas o por trofeo interpuesto, se han cogido de la cintura y han jugado a jugar. "Autobús", "descamisado" y "orgullo" es ironía, como la que pretendidamente ¡Oh, Ferran! Torres llevaba en su gorra rojo Trump con un "Make Spain great again". Le corrijo el tiempo verbal y así la ironía hubiera sido visible. Un "Making Spain great again" habría sido el pretendido guantazo a Trump y a una idea que considera que las fans de La Roja -gays y girls-, Lamine Yamal o Nico Williams son personas de segunda categoría. Que es la misma ideología que no consideraría preocupante que haya habido un aumento del 120 % de llamadas a la línea contra la violencia de género el día de las celebraciones. Cambiando el verbo habría quedado todo claro y no se tendría que recurrir a la negación plausible de "no lo hemos entendido, era todo una broma", porque, sin ironía, en toda broma, efectivamente, siempre hay algo de broma.

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