Opinión | Salud y rock and roll
Alta traición
Si nuestro destino es seguir gratinándonos en este horno compartido, que sea con el recuerdo de una edición inolvidable de La Mar en la cabeza

Silvana Estrada en La Mar de Músicas. / PSVFOTO
Llevamos semanas sufriendo una ola de calor que ya no es meteorología; es hostilidad climática. Para que luego vengan los del gorrito de papel de plata en la cabeza diciendo que en verano hace calor. Es como si alguien hubiera abierto la puerta de un horno gigante y nos hubiera empujado dentro. Ducharse es inútil y a la vez la ducha se ha convertido en el único lugar amable donde encontrar algo de felicidad efímera. Un instante después el cuerpo comienza a sudar, un sudor de esos que no dignifica. Pero la cosa empeora; a esta ola de calor perpetua hay que añadirle la humedad, ese ente invisible que lo impregna todo y te abraza susurrándote al oído que se queda contigo. Unos minutos después tienes la ropa pegada a la piel, las gotas de sudor recorren tu cuerpo y qué decir del estado indomable del pelo... En este ecosistema de sauna permanente, el concepto de "estar atractiva" ha pasado a mejor vida. Es físicamente imposible. La elegancia estival es un mito estético. Aquí el único outfit viable sería una sábana de lino congelada o practicar el nudismo. Con este panorama de bochorno apocalíptico, la última excusa legal que nos quedaba para pasarnos las tardes tirados en el sofá en posición horizontal, con el aire acondicionado fingiendo que hacíamos algo de provecho por la patria, ha sido el Mundial de fútbol. España ha ganado su segunda estrella y yo vengo a confesar que decidí cometer alta traición nacional. Mientras el país se dejaba la garganta y la salud cardiovascular, yo le fui infiel a la selección. Decidí que mi final particular se jugaba en Cartagena, refugiada en una nueva edición de La Mar de Músicas. Cambié el césped y la testosterona por la elegancia de la cantante griega Estela y los versos heridos de la mexicana Silvana Estrada en el Auditorio Paco Martín. Una vez más he comprobado que estar vivos en julio todavía puede ser algo hermoso. Es un regalo perderse entre los ritmos de una programación musical que te hace viajar por el mundo sin moverte de casa. Este año cuenta con Ecuador como país invitado. Escuchar a Carminho, Rachid B, Xoel López o bailar junto a los Papaya Dada te reconcilia con la vida. Allí, rodeada de gente que compartía el mismo brillo de sudor, te das cuenta de que la música no te quita el calor, pero te da la dignidad necesaria para sobrellevarlo. Así que pido perdón públicamente por mi deserción cultural, pero volvería a hacerlo. Cuando me pregunten dónde estaba el día que España ganó su segundo mundial, recordaré con una sonrisa toda la música que disfruté y las veces que metí la cabeza bajo el agua para refrescarme. Acepto mi destino en este horno en el que se ha convertido el verano en donde vivo. Nos quedan semanas de noches tropicales y días de ropa pegada por el sudor. Confío en no desmayarme al salir a la calle y asumo que la humedad seguirá pegada a mi piel. Si la vida nos ha metido en este horno regional sin nuestro consentimiento, la única resistencia posible es volver a la música que he descubierto en estos días y subir el volumen. El Mundial ya es historia y La Mar de Músicas se despidió anoche hasta el año que viene. Ya no nos quedan pantallas en las que proyectar el orgullo nacional ni escenarios donde bailar. Toca volver a la cruda realidad y asumir que en esta tierra, la elegancia estival ha muerto y la meteorología nos ha ganado la partida. Si nuestro destino es seguir gratinándonos en este horno compartido, que sea con el recuerdo de una edición inolvidable de La Mar en la cabeza. Sobrevivir a un verano en estas tierras marcianas también es ganar un Mundial. Feliz domingo.
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