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Opinión | Los imprescindibles

Yo también estoy dentro de ti

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson.

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson. / L.O.

Sin duda, Stevenson conocía el interior del alma humana, sus pulsiones y deseos más oscuros, cercanos al origen animal y a los impulsos de muerte y de placer. Asimismo conocía el gran conflicto que se desarrollaba en el hombre moderno, criatura sometida a la tiranía del pensamiento racional, despojada de mitos y rituales. El campo de batalla era la propia conciencia humana, en un penoso afán, lleno de dolor y de conflicto, por armonizar los deseos y las exigencias de la vida en común.

La contienda era verdaderamente fratricida y se hizo más cierto que nunca el dicho: "La vida del hombre es la lucha consigo mismo". El doctor Jekyll había de ser el Cristóbal Colón que tenía que descubrir ese mundo escondido de deseos e impulsos; pero, lejos de contentarse con cartografiar ese lado oculto de la Luna, buscaba lograr algo más importante y decisivo: experimentaría con una droga nueva en su propio cuerpo. Pudo, desde luego, disociar ambos mundos; el principio altruista, civilizado, noble, abnegado y redentor podía independizarse del lado de la fuerza bruta y del instinto. Ambas mitades no tenían por qué volver a encontrarse en el mismo ser humano ni convertir su alma en una pieza descuartizada por los dos leones, el de la conciencia y el del instinto. La solución química de Jekyll era, sin embargo, errónea. Ambas partes siguieron luchando entre sí, solo que esta vez cada una tuvo su momento de primacía sobre la otra. La dependencia de la droga, del suero revolucionario, se hizo dramática, y las dos facciones combatían por él como por un bien escaso. El problema que Jekyll quiso remediar puso al descubierto la enorme fuerza del hombre que había oculto en su ser, al que él llamó muy elocuentemente Hyde, el escondido, el agazapado. La negación del mal acrecentó su poder, dejando a Jekyll, el bondadoso, ante una única alternativa: la autodestrucción.

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