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Opinión | Las Horas

Un miedo ancestral

El campo de concentración de Auswitch.

El campo de concentración de Auswitch. / L.O.

Al entrar en Auschwitz has de hacerlo en silencio. Justo después de atravesar el cínico, cruel, aterrador cartel de "Arbeit macht frei", cuya traducción del alemán es, aproximadamente, "el trabajo os hará libres", te recibe una letanía de nombres que poco a poco se va haciendo audible y, de pronto, percibes uno ya con claridad, nítidamente. Joseph Goldstein. Ese fue el nombre que yo escuché. Ya voy unido a él para siempre.

Nada sé de la persona que se llamó Joseph Goldstein. No sé si era joven o viejo, moreno o calvo, alto o bajo, bueno o no tanto, rubio o moreno o calvo como yo. Ni siquiera sé si su nombre se escribía como yo lo he escrito. Puedo haber ligeras variaciones. Josef, en vez de Joseph, por ejemplo. Con el Goldstein tengo ya menos dudas, es un apellido relativamente común entre los judíos. Hago una búsqueda en internet para comprobar algo que era, desgraciadamente, de suponer, que "existen múltiples registros de víctimas con ese nombre". Solo sé de él una cosa cierta, inapelable, terrible. Murió en Auschwitz, justo en el campo de concentración donde yo estaba entrando en ese momento sabiendo que saldría vivo.

Y ya después viene el horror en muchas de sus formas. Aunque todo está limpio (demasiado tal vez, no debió ser así) y cuidado, el dolor y el pavor te sobrecogen. Los inhumanos barracones, los restos de pelo, de enseres, de ropa, las cosas de aquella pobre gente que quería vivir y la mataron. Niños y sus madres, muchachos, ancianos, enfermos, eran directamente seleccionados para la muerte. En cuanto al resto, sobrevivir un mes ya era mucho sobrevivir, muy pocos lo lograban.

Recorrí sobrecogido las estancias de Auschwitz y Birkenau, el campo de exterminio (donde los barracones eran todavía peores que los de Auschwitz porque eran un simple lugar de paso, aquí se venía a morir pronto), con la sensación de que no estamos a salvo, de que todo podría volver a repetirse. Porque todo empezó una vez con un pasito pequeño, casi imperceptible. Una ley que separada a unos de otros, que establecía un ellos frente a un nosotros, que expulsó a los judíos de empleos gubernamentales, académicos y profesiones médicas. Luego fueron ya las Leyes de Núremberg, compuestas por la Ley de Ciudadanía del Reich y la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes, con las que se despojó a los judíos de sus derechos civiles y humanos. Se empieza por "nosotros primero" y se sigue luego con "nosotros nada más".

De regreso a España, a mi rutina de periódicos en la madrugada, los titulares me cuentan que la prioridad nacional ya es ley, ya forma parte de la legalidad vigente. Y un miedo ancestral, recientemente renovado, me recorre la espina dorsal.

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