Opinión | De dioses y de hombres
Luces en el cielo

El Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, pintura de Jenaro Pérez Villaamil (1849, Palacio de la Moncloa, Madrid). / L. O.
Esplendía la noche como un inmenso manto negro lleno de jazmines titilantes que cubrían los ojos y el sueño. La montaña, donde el viejo ermitaño permanecía en vigilia, era una suerte de unión entre el cielo y la tierra. Más allá, donde los ojos se perdían en la vastedad del bosque, el mundo ofrecía su misterio; siempre sobrecogedor. No era una noche como las demás. No. Ardían luces misteriosas que parecían venir de todas partes y que, sin embargo, morían siempre sobre el mismo lugar; ese lugar sobre el que nunca ojos humanos parecían haberse posado con especial interés. Pelayo frotaba su rostro, nuevamente, con el asombro del que contempla sin poder creer. Estrellas parecen e insisten, como una letanía, frente a mi insignificante cueva en este rincón de Iria Flavia – se decía- ante el pavor provocado por el prodigio. Acudió el eremita, desconcertado y abrumado, en busca del obispo Teodomiro. Unos días después, y tras ayunar tres, entre la espesura de los árboles y la maleza, encontraron unas tumbas pétreas -de origen romano- que cambiarían para siempre, en gran medida, el rumbo del mundo conocido.
En el año 813 (otros apuntan al 820), acontecía lo anteriormente narrado, según las crónicas de época, el mismísimo rey Alfonso II de Asturias, ‘el Casto’, acudió al monte Libredón convirtiéndose, así, en el primer peregrino ante los restos sagrados que fueron identificados como los del Apóstol Santiago ‘el Mayor’ y sus discípulos Atanasio y Teodoro. Se confirmaba así la vieja tradición que, durante siglos, había circulado entre las gentes del lugar: Santiago, uno de los apóstoles más cercanos a Cristo, el que lo vio sudar sangre en Getsemaní y transfigurarse en el Tabor, tras haber predicado el Evangelio en tierras de la remota Hispania, volvió a Jerusalén y fue decapitado por orden de Herodes Agripa. Sus discípulos robaron el cuerpo y navegaron hasta llegar a las lejanas tierras gallegas -fin del mundo conocido-, gobernadas por la reina Lupa, para dar, por fin, sepultura a su maestro y modelo.
Sin Internet ni redes sociales, y en un mundo que poco, o nada, tenía que ver con el nuestro, la noticia de la aparición del sepulcro de Santiago Apóstol se extendió con gran rapidez dando lugar a uno de los más tempranos procesos globalizadores del mundo. La importancia de las reliquias y su enclave, sobre las que se fueron levantando varios templos hasta la extraordinaria catedral románica que todos conocemos, hicieron que se fuera creando, progresivamente, una de las ciudades más bellas de nuestro país: Santiago de Compostela. Pero, también, toda una red de caminos por los que, desde remotos países, empezaron a transitar miles de personas con la principal finalidad de venerar la tumba del que Cristo apodó ‘Hijo del Trueno’. El Camino de Santiago, en sus múltiples y lejanas variantes, fue un acontecimiento fundamental en el desarrollo de la Europa cristiana, en el comercio y la transmisión de la cultura, especialmente, durante los siglos centrales de la Edad Media. De hecho, el arte Románico fue el primer movimiento artístico común a muchos territorios dispares. Imaginen, por un momento, la rusticidad de alojamientos y caminos; la precariedad de los “hospitales” y los numerosos peligros a los que se exponían aquellos que durante meses -acaso años- abandonaban su tierra para poder besar -si llegaban- el sepulcro milenario que las estrellas habían marcado. Las diferentes rutas jacobeas tuvieron dos momentos especiales de crisis. La primera ocurrió en el siglo XVI, tras la reforma protestante; la segunda y más grave, fue en el siglo XIX, donde la pérdida de infraestructuras tras las desamortizaciones fue letal. Sería en la segunda mitad del siglo XX cuando el milenario camino de las estrellas, con su riquísima historia y legado, volvería a llenarse (de muy diversa forma) de peregrinos jacobeos. Personalmente, he realizado el Camino de Santiago en dos ocasiones. La primera fue en mis tiempos de universidad comenzando en el mítico puerto de Piedrafrita. La segunda fue en bicicleta, en compañía de un amigo llamado Alfonso que estaba inmerso en un cambio radical de vida. Iniciamos nuestra peregrinación, a dos ruedas, desde la ciudad de León. Ambas experiencias las recuerdo como enriquecedoras, felices y muy recomendables. Actualmente, el Camino del Apóstol sigue experimentando un crecimiento considerable. El pasado año, más de medio millón de personas completaron los kilómetros requeridos para obtener la credencial de peregrino. Las motivaciones e intereses son variados; sin embargo, más de la mitad de la cifra anterior sigue refiriendo motivos de fe.
Hoy, veinticinco de Julio, muchos vivimos esta festividad de Santiago Apóstol de una forma especial. Galicia celebra su día grande, esa tierra hermosa y legendaria en la que las estrellas brillaron (y siguen brillando) con fuerza para marcar, con su sino, el devenir de los hombres y de la historia.
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